martes, 8 de noviembre de 2011

Presentación del libro "Días rojos, verano negro".


Libros de Anarres y Terramar Ediciones acaban de publicar esta obra de Horacio Ricardo Silva, con prologo de Osvaldo Bayer. Se trata de una crónica de los sucesos conocidos como la Semana Trágica de enero de 1919, fruto de una investigación histórica que demandó seis años de ardua labor.

La presentación del libro en Buenos Aires se efectuará el viernes 18 de noviembre de 2011 a las 20:30 hs. en la Biblioteca Popular José Ingenieros, calle Ramírez de Velasco 958, Capital Federal, y contará con las presencias del prologuista y del autor.

Posteriormente el autor viajará a Montevideo, Uruguay, invitado por la Biblioteca Anarquista del Cerro, donde se efectuará una segunda presentación el sábado 26 de noviembre a las 18 hs., en su sede de la calle Chile esquina Viacaba.

A continuación unas palabras sobre la obra, extraídas del prólogo de Osvaldo Bayer:

"La Semana Trágica. La Semana de Enero. Algo inexplicable. Que un gobierno popular, votado por la mayoría, haya cometido un crimen tan atroz como lo ocurrido en ese enero de 1919... Represión que iba a ser el prólogo de otras dos represiones de trabajadores cometidas por el mismo gobierno de Hipólito Yrigoyen poco después: los fusilamientos de peones rurales patagónicos y la represión contra los hacheros de La Forestal. Represiones ante exigencias justas de los hombres del trabajo.


A esta profunda investigación de Horacio Silva la llamaría definitiva. Definitiva porque recurre a todas las fuentes posibles, trae las versiones de todos los sectores, describe profundamente la época y sus costumbres, la vida política y los intereses reinantes. Describe las distintas reacciones de los diferentes sectores sociales. Los problemas internos de las organizaciones obreras. Además analiza las investigaciones ya existentes sobre este hecho histórico. Documento por documento, interpretación por interpretación. Recurre —de acuerdo a lo que aprendí en mi experiencia— a toda la documentación histórica existente".

miércoles, 22 de junio de 2011

Acerca de este blog

Bienvenidos a El Mangrullo del Tiempo:

Los trabajos contenidos en este portal son originales del autor, y de otros creadores y creadoras. Bajo el concepto de copyleft, se permite y alienta su libre difusión, en la medida que se tenga la delicadeza de mencionar al autor o autora, copiando además el link correspondiente.

Se agradecerá además la inserción de comentarios sobre las obras publicadas, y si se cree que lo amerite, la mayor difusión posible de este sitio.

Mapa del blog

Este sitio está organizado en secciones temáticas, a las cuales se puede acceder haciendo click en los diferentes rubros del apartado "Secciones del blog":

Investigaciones históricas
  • Dalia, el elefante libertario. El anhelo de libertad inherente a la especie costó la vida de este elefante, segada por las balas de un pelotón policial en el Zoológico de Buenos Aires, en la tarde del 19 de mayo de 1943.

Investigaciones periodísticas
  • Los miserables. Vida y muerte de Mauricio Morán, un pobre de 14 años fusilado por la policía mendocina, por el delito de extraer un trozo de carbón de coke para calefaccionar su vivienda. La inmortal novela de Víctor Hugo, en la cual el joven Jean Valjean fue condenado y perseguido por robar un mendrugo de pan con que alimentar a su sobrino, presta su nombre a esta historia argentina.  

Crónicas korneanas
Relatos cortos sobre hechos reales, ocurridos en la localidad de Alejandro Korn, partido de San Vicente (Buenos Aires, Argentina)
  • Las víboras. Una reflexión sobre la intolerancia y el desprecio hacia el otro, de alarmante frecuencia en la condición humana.
  • Carmen. Anécdota ferroviaria que refleja cómo una mujer, nacida y criada bajo el signo de la violencia y el abandono, logró sobreponerse a su sino y aprendió a desactivar conflictos apelando a la ironía y el sentido del humor.

Cuentos, poesías y quimeras
  • Elsamor. La futura vejez, vista por los ojos de un adolescente.
  • Lux aeternum. (Luz eterna, en latín). Relato corto que configura una suerte de continuación de la novela "Alrededor de la jaula", de Haroldo Conti, protagonizada por un niño, un elefante fusilado medio siglo atrás, y el Museo de Ciencias Naturales "Bernardino Rivadavia".

Voces, sonidos e imágenes amigas
  • Hombre nuevo. Cuento de la periodista Silvia Sassola que narra la manera en que vivió, de niña, la noticia del asesinato de Ernesto "Che" Guevara, en octubre de 1967.
  • Damiana. Poema de Nora Bruccoleri, inspirado en una niña de la etnia aché, secuestrada y explotada como sirvienta y para objeto de estudios científicos, y cuya cabeza decapitada adornó durante años las vitrinas de la Sociedad Antropológica de Berlín.

jueves, 17 de febrero de 2011

Hombre Nuevo


Este cuento, que en honor a la verdad no es tal, refleja cómo fue vivido el asesinato de Ernesto "Che" Guevara en octubre de 1967 por un niño cordobés y su pequeña hermanita,  la hoy periodista Silvia Sassola, quien desde su programa mendocino "La Posta" sigue demostrando cómo aún se puede ejercer con absoluta dignidad, lo que Rodolfo J. Walsh llamó "el violento oficio de escribir".
El programa puede sintonizarse de lunes a viernes de 16 a 19 hs. , por FM 96.5 Radio Universidad de Cuyo (Mendoza), o en internet a través del siguiente link:


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En memoria de Ernesto "Che" Guevara.


— ¡¡¡ Dale, andá  y pedile a la mamá una vela!!!

— Mamá, dice Juanchi que me des una vela!!!

— ¿Otra vez?, decile a tu hermano que basta de jugar con las velas y de paso que tire ese dibujo que hizo a la basura.
Juan Carlos dibujaba de forma extraordinaria, son esos dones innatos  que no había estudiado, tenía casi doce años y yo tan sólo cinco, pero cuando nos sentábamos a la mesa para hacer los deberes del cole, él sólo quería dibujar y siempre la misma figura, algo así como un rostro en sombras que luego prolijamente recortaba, y era la figura que ponía delante de la vela, para hacerla crecer a su luz.
Así se agrandaba o achicaba, según la vela estuviera más cerca o más lejos del recorte; y el lugar ideal para hacer esto era una pared grande de casa, donde mamá colgaba los retratos de los abuelos y familiares.

— ¡¡¡ Mirá, Pinina (así me llamaba mi hermano para enojarme) esa cara!!! ¿Sabés de quién es? adiviná... ¿lo conocés? ¿te da miedo?

— No, no sé quién es, pero no tengo miedo porque vos estás conmigo y porque es una sombra que hacés vos.

— Vio doña María, los chicos juegan con esa imagen; sería mejor que les dijéramos que no lo hicieran, con cualquier excusa. Quíteles la cartulina y después la rompe y la tira, o mejor la quema, sí? ...No sea que nos pase algo si hay algún problema con el gobierno, y cómo explicamos que es sólo un juego de chicos que no saben quién es ese hombre.

— ¿Sabe qué pasa, Nelly? ...si los bambinos me preguntan, ¿qué les digo?

— Doña María, dígales que con eso no se juega, que es la sombra de la cara del cuco, o mejor del viejo de la bolsa; pero por favor, mientras hago la comida, usted que es la nona, quíteselas y tírela.

Por esos días, Córdoba pasaba tiempos difíciles; mi familia prácticamente sobrevivía y casi el único divertimento que teníamos con mi hermano era esperar la tardecita para ir con la famosa vela a reflejar la imagen, pero claro: encontrar una vela era toda una ingeniería que empezaba en la misión imposible de entrar a la habitación de la nona María, esa gringa gigante que nos amaba y consentía en todo momento y lugar.

— Y, Pinina: ¿cuándo vas a aprender el nombre del comandante?

— ¿Cómo cuándo, si yo ya sé que se llama...ehhhh....ah me acordé, se llama: Ernesto.

— Sí se llama Ernesto, pero ¿sabes cómo le dicen?

— No.

— Le dicen Che. A Ernesto todos le dicen Che.

Ese es el  primer recuerdo que mi memoria encuentra como unidad entre el rostro y el nombre del tal Che, que para mi hermano era un verdadero símbolo de la rebeldía, aunque tan sólo tuviera él sus ilustrados doce años.
La radio contaba las peripecias que vivían un grupo de guerrilleros en Bolivia, comandados por Ernesto Che Guevara; y para Juan Carlos, era como oír las aventuras de Tarzán en la selva. La radio hablaba del monte, de lugares de difícil llegada, y en su imaginación Bolivia era como esas imágenes de la serie de la tele en África.
Yo creo que me contagié en la imaginación o no sé cómo explicar la llegada de ese Che a mi primer recuerdo de infancia.
Con el tiempo esas imágenes y las ideas infantiles maduraron hasta convertirse en esto que hoy siento y pienso del Che.
La famosa cartulina fue quemada, y todos los dibujos que teníamos de él, tirados. Ya se hablaba de que había muerto el Che, que eran pocos contra muchos, que estaba casi solo en la selva sin comida ni agua, que no tenías armas y que el ejército de ese país los tenía cercados; que todo había terminado porque el cabecilla, el líder de esa gente (que nosotros dos, mi hermano y yo, no sabíamos bien entonces que hacía), estaba bien muerto.

— Nunca vamos a contarle a nadie nuestro secreto, Pinina, ¿sabés?

— Bueno.

— Mirá, me guardé esta hoja de calcar y tengo tijeras y papel para hacer una nueva.

— Pero Juanchi... ahora sí me da miedo; si está muerto, vos lo traés con la sombra? Yo le escuché decir a la mamá que ya está con Diosito.

— No sé dónde está, pero no te tiene que dar miedo; él era el bueno, y malos los que lo mataron.

Esas palabras de mi hermano aún hoy vienen a mi mente. El no era malo...entonces ¿por qué lo mataron?
Así la pregunta rondaría mi cabeza en mi adolescencia, cuando no teníamos dónde buscar para saber, y menos preguntar a los adultos, ni mencionar el nombre o el apodo, ni decir: "sabemos que en Bolivia asesinaron a un argentino que dicen era guerrillero, uno de los que empezó una gran revolución en Cuba, y que quiso traerla acá".
Aquella sombra es el primer recuerdo que tengo del Che. Se veía tan hermoso... ese rostro era casi perfecto, daba la impresión de que su mirada te seguía según para donde te movieras, mientras no bajaras la vista. En realidad eso era lo que nos parecía a nosotros.
Durante varios años no volví a remover recuerdos del Che. Yo vivía en Córdoba, cerca de donde él se había criado, pasé tantas veces por la puerta del colegio secundario al que fue y siempre me decía a mí misma: algún día conoceré muy, pero muy bien a ese hombre que hablaba de un mundo mejor, de justicia, de sentimientos, de revolución.
¿Será posible que aún sabiendo que estaba muerto, sintiera en mi corazón que algún día lo podría ver?
¿Cómo explicar que la muerte no me podía separar de él?
Cierto día, leyendo un libro de amores juveniles, encontré una frase que me llenó de alegría y esperanza: "No te dejes abatir por las despedidas. Son indispensables como preparación para el reencuentro. Y es seguro que los amigos se reencontrarán, después de algunos momentos o de todo un ciclo vital".
¿Me explico?... todo un ciclo vital... mi vida... la de tantos... en tantos otros espacios del mundo... las vidas de muchos otros... y más, cada vez más.
Cierta vez oí decir a una de sus hijas, Aleida Guevara, que si ella hubiera estado junto al Che aquel fatídico día de su feroz asesinato, habría puesto su propio cuerpo delante de las  balas. El Che no era, es una bandera para la dignidad, para la fuerza del mundo, para la valentía. Murió joven, a los 39 años, y seguirá siendo joven eternamente.
Si realmente lo podemos conocer más y llevarlo un poco dentro, entonces ese joven que nos entregó un ejemplo tan completo del hombre del siglo XX, cumplió su objetivo fundamental en la vida. Porque seríamos capaces de ser mejores hombres y mujeres, los que él quería para el mañana, por tanto seríamos una mejor comunidad, sociedad y humanidad donde viviríamos mejor todos.
Al igual que esa hija, hoy ya convertida en una mujer doctorada en medicina como su padre, siempre lamenté no haber sido contemporánea del Che. Yo era una niña cuando lo asesinaron, igual que su hija. Lamenté siempre no haber conocido su pensamiento antes, no haber podido ayudar antes a difundir sus ideas de ese hombre nuevo, revolucionario, al que le latía y le dolía en su propia carne el dolor de cualquiera, en cualquier lugar del mundo, ése que buscaba al hombre libre y latinoamericano.
Porque él era ciudadano latinoamericano, así lo sentía, estuvo siempre dispuesto a dar la vida por ese pensamiento, y de hecho lo hizo. Nunca pidió nada, no exigió nada, no explotó a nadie, ni oprimió al débil.
Allá por 1964 dijo el Che ante la Asamblea general de las Naciones Unidas en Nueva York: "El revolucionario verdadero, está guiado por grandes sentimientos de amor, es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad". Allí mismo reafirmó que  "todos los días hay que luchar por una humanidad viviente, y que esa lucha se transforme en hechos concretos que sirvan de ejemplo de movilización".
Conocer, saber, entender... todo eso quería yo. Los libros de historia y las grandes e importantes enciclopedias de mi tiempo, solo decían cuando nació, cuando y cómo murió, y sus aventuras de joven cuando era médico. La bibliografía más importante que pude encontrar después de trajinar por varios años, fue la historia de su vida relatada con documentos y fotos por su propio padre, don Ernesto Guevara Lynch.
Mi hijo, el Che fue el libro que marcó y selló mi sentimiento visceral de respeto, junto al ahora verdadero conocimiento de los hechos reales. Ese libro relata la historia de un hombre de carne y hueso, al que yo buscaba conocer en su totalidad.
La historia de ese hijo, que sólo un padre puede saber contar, no sólo cómo era de niño, adolescente o joven, sino de aquella persona en la que se fue transformando, hasta llegar a ser el Che.
Todas las personas traemos una historia que, sin lugar a dudas, marca nuestras convicciones, nuestras acciones y el desarrollo de nuestras vidas. Pero en los años de vida que tenía cuando me impresioné por Ernesto Guevara, debo confesar que algo sentí que nunca más se fue, y que creció de tal modo, que me hizo persona, y revolucionaria.
Grandes historiadores lo han definido como un gran mito, no sólo en Argentina sino también el Latinoamérica; pero mi mejor homenaje al Che es recordarle a todas esas personas que saben, y las que no saben de él, que su idea nunca fue la de ser un mito, menos aún queda pegado en una remera o en un poster; su idea y sentimiento, fue llegar a todos con el espíritu del hombre nuevo.
El hombre nuevo, ese hombre que enfrentará la vida con la verdad, honestidad, sinceridad y orgullo de ser latinoamericano, sin venderse ni traicionar los pensamientos y menos aún las acciones, por las libertades y derechos de los oprimidos.
Ese hombre nuevo que en su lucha contra el imperialismo dejara como mayor mensaje que los pueblos tienen derecho a la autodeterminación de sus gobiernos, porque siempre que la moral esté a salvo, la revolución también lo estará.
Ese hombre nuevo que fuera sensible para con cualquier pueblo que sufriera persecución y opresión, que sintiera como propia la lucha de personas que ni siquiera eran compatriotas, eso pasaba porque en su ideal uno solo no vale nada. Hay que unirse.
Ese hombre nuevo que supiera que la humanidad solo seguirá adelante siempre y cuando se mantenga la dignidad de las personas. Esa misma dignidad rebelde que sale del corazón oprimido de las patrias.
Ernesto Che Guevara sigue siendo en el corazón de sus seguidores esa persona que nos enseñó, que nos dio las armas de la palabra, del pensamiento crítico —aunque muchos lo encasillen en el romanticismo— de las ideas, de las conclusiones.
“Muchos me considerarán un aventurero, y lo soy, sólo que de una clase diferente: de los que arriesgan su pellejo para demostrar sus verdades".
Esa persona que como médico trabajó en un leprosario de Brasil, y que como guerrillero ofrendó su vida por un pueblo que lo hizo su hijo por nacimiento, fue el Che. Cuba hoy y desde hace años tan sufrida, tan golpeada y vapuleada por el gran país del norte, tiene hoy en enorme orgullo de contar con sus restos mortales en un mausoleo.
Sus restos descansan allí, en Cuba y nosotros no supimos como pueblo honrar su hombre nuevo hasta que se lo llevaron con todo derecho, para sus hijos y hermanos cubanos.
A veces no sólo tenemos mala memoria; sino que estamos sumidos en unas tinieblas de oscuras figuras y personajes siniestros que jamás —jamás— serán modelo de nada, ni parámetro de ningún pueblo.
La búsqueda de imágenes que nos permitan encarrilar los deseos de tantas personas hacia un mundo mejor y un hombre  nuevo, deberían orientarse hacia ese rostro que tantas bocas vacías llena, hacia esa persona que para una gran parte de una generación de esta humanidad, fue ejemplo de orgullo, valor, coraje; pero por sobre todo eso, ejemplo de amor y entrega.
Desde que era niña, deseaba escribir mi pensamiento y sentimiento sobre el Che. Hoy, con los años, cuando lo creo más vivo que nunca, con sus ojos nunca cerrados,  tengo la gran alegría de hacer realidad la frase de mi libro de romance juvenil: "sin que todavía haya pasado todo un ciclo vital... "
Hoy puedo decir Hasta Siempre. Estoy segura del reencuentro con quien es para mí, hoy, la realidad misma.

Silvia Sassola, Mendoza, julio de 1997.

sábado, 5 de febrero de 2011

Las víboras



Culebra verde y negra (Liophis poecilogyrus), un habitante más de Alejandro Korn


D
ebió haber sido allá por el año 2008. Era verano, y hacía un calor de los mil demonios. Hacía mucho que no llovía; y Morán recordó, mirando las grietas de la calle de tierra, aquella descripción hecha por Miguel Cané en Juvenilia:

Eran las tres de la tarde, y el sol de febrero partía la tierra resquebrajada y ardiente.

Estaba desyuyando la huerta de su rancho, ahí al fondo del barrio Santa Ana de Alejandro Korn. Estaba allí desde la primavera de 2007, y se sentía solo. Sus códigos de urbanidad no hallaban respuesta en sus vecinos; nadie le contestaba el amable saludo que le dedicaba a cada persona con que se cruzaba. Y no entendía el por qué.
El —sociable por naturaleza— quería ser reconocido como uno más, a pesar de su piel blanca, su lenguaje cultivado y los lentes redondos modelo "John Lennon" que acentuaban su aire intelectual. Lo que se dice un sapo de otro pozo, en esa barriada de cumbia estallada hasta la distorsión, gorra rapera puesta al revés, pelo corto teñido de amarillo, zapatillas de bizarro diseño y pantalón skater holgado hasta la exasperación.
Se hallaba, pues, en esa tarea, cuando oyó desde la calle los nerviosos gritos de dos mujeres.
Al levantar la vista, vio a la señora de Pilín —ex chofer de Julio Mera Figueroa, y conspicua figura del justicialismo local— junto a otra matrona, a quienes acompañaban unos seis o siete pibes de distintas edades, algunos de ellos muy chiquitos.
— ¡Mátela, mátela! gritaban las mujeres. Morán, algo sorprendido, se dio cuenta de que le gritaban a él.
Exasperadas por su falta de reacción, las mujeres insistieron: — ¡La víbora, hay una víbora, mátela, mátela!
Morán recordó sus viejas lecturas de la selva, y que tenía guardado un palo en forma de horqueta que había encontrado una vez; armado con él, se acercó a las vecinas. La mujer de Pilín tenía una pala de punta en la mano. Mientras los pibes se ubicaban detrás de ellas, las mujeres le señalaron una línea verdenegra que se deslizaba por el pastizal.
Morán dudó. No tenía pruritos de matar a un animal, si éste resultaba peligroso; pero no sabía cuál era el tipo de bicho que tenía enfrente, y le repugnaba la idea de sacrificar una vida sin ninguna justificación.
Sabía, en teoría, que las serpientes venenosas se llaman "víboras", y que se diferencian de sus hermanas las culebras, por la forma triangular de la cabeza. Pero su falta de experiencia, sumada al apremio de la situación, le hacían imposible distinguir de qué ofidio se trataba.
Las mujeres le urgían: —Usted es un hombre, tiene que matarla. Nosotras no sabemos.
Morán vaciló. En su mente se iba abriendo la idea del agradecimiento a que se haría acreedor si mataba a la serpiente, de que esas dos señoras lo iban a saludar al pasar, y hasta —¡quién sabe!— tal vez le invitarían alguna tarde a tomar mate a sus casas. Y al fin y al cabo, tampoco podía dejar que el bicho siguiera vivo; ¿y si se trataba realmente de una víbora?
En tanto, la presión ejercida por las mujeres se intensificó; este tarado se la está tomando con demasiada calma, debían pensar. Morán se decidió: con un rápido movimiento, inmovilizó a la serpiente con su palo horqueta, mientras le decía a la señora de Pilín: —Decapítela.
— ¿Cómo?— dijo ella.
— Que la decapite, que le corte la cabeza con la pala.
La mujer alzó la pala y cortó a la serpiente en dos, la cual dejó de moverse para siempre.
Un simple "gracias", a desgano, fue toda la recompensa que recibió por su acción. Y en los días siguientes, al cruzarse con las vecinas en la calle, apenas si le contestaban el saludo con un gesto seco.
El tiempo pasó, y a Morán ya no le importaba recibir o no el saludo de sus vecinos. Se había reconstituido en lo emocional y se sentía seguro, de sí mismo y de su relación con el medio ambiente.
Casi había olvidado aquel episodio, cuando una calurosa mañana de enero de 2011, vio desde el jardín de su rancho que un muchacho estaba rompiendo el poste de álamo con que había señalizado la zanja de desagüe. Extrañado por el incoherente acto de vandalismo, lo encaró:
— ¡Eh! ¿por qué me rompés el poste?
El muchacho, exasperado, señaló el suelo:
— ¡Para matar a esta serpiente, infeliz! ¡Encima que te la voy a matar para que no se meta en tu casa, me venís a bardear por un palo de mierda!
Morán se quedó mirando a la serpiente, que era apenas una cría, sin decir palabra. El muchacho, continuó: — ¿o acaso querés que la deje viva, tarado?
Nuevo silencio pensativo. Muy enojado, el muchacho arrojó el palo al suelo, mientras se iba vociferando todo tipo de insultos.
Morán, provisto de su palo de horqueta, una pinza para asado y un tacho con tapa, salió a buscar la serpiente. La capturó sin ninguna dificultad, la metió en el tacho y cerró la tapa. De ahí la pasó a un frasco de vidrio, se cambió y salió para San Vicente, donde se encuentra la Dirección de Zoonosis.
Al llegar comprobó, con desazón, que la serpiente había muerto durante el viaje. Pero el empleado que lo atendió, un jovial hombre llamado Armando, le informó lo que deseaba saber.
En el territorio argentino habitan unas 130 especies de serpientes, trece de las cuales son peligrosas para el ser humano: las llamadas víboras. Estas se agrupan en tres géneros: Crotalus o serpiente de cascabel, cuya presencia se limita a una especie; Micrurus o víbora de coral (cinco especies) y Bothrops, más conocida como yarará, de la cual habitan siete especies.
Las restantes serpientes, calificadas como "culebras", no sólo son inofensivas, sino que prestan un útil servicio al equilibrio ecológico y al ser humano, dado que se alimentan de roedores y cucarachas, entre otras alimañas.
En el litoral del Río de la Plata y adyacencias sólo podría hallarse, y esto con bastante dificultad, una sola especie de víbora venenosa: la Bothrops Alternatus (yarará o víbora de la cruz), fácilmente reconocible por sus dibujos oscuros en forma de "C" y sus dos líneas cruzadas en la cabeza.

Bothrops Alternatus (Yarará o víbora de la cruz)

Las víctimas de Alejandro Korn eran, simplemente, ejemplares de culebra verde y negra (Liophis poecilogyrus), animal inofensivo, cuyo hábitat son los pastizales de gran parte de la provincia de Buenos Aires.
Reflexionando sobre el suceso, Morán pensó en la trágica perversidad de la condición humana. La reacción ante lo desconocido —se trate de animales o personas de otra raza o condición—, es la sospecha de su posible nocividad. Y la invariable respuesta a ello, es la marginación o el asesinato.
Sólo unos pocos individuos parecen aventurarse a percibir el sentido profundo de la naturaleza; de la armonía posible y necesaria que se puede establecer con los diversos seres que habitan el planeta.
El aprender más formas de conservación que de destrucción, implica la comprensión de que evitar es preferible a contener; contener es preferible a herir; herir, preferible a lisiar; y lisiar, preferible a matar; porque toda vida es preciosa, y ninguna puede ser substituida.
Y ante la fatalidad del sino de la raza, Morán se llenó de horror; por sí mismo, y por la humanidad, a la cual —por una mala jugada del destino— debía pertenecer.

Horacio Ricardo Silva, 5 de febrero de 2011.



martes, 25 de enero de 2011

Damiana


Poema de Nora Bruccoleri, perteneciente a su nuevo libro (en edición):
 "Manuscrito de Los desterrados" 

El 25 de septiembre de 1896, unos colonos blancos dispararon sus armas de fuego sobre un grupo de indios aché (Paraguay oriental) que se hallaban almorzando. Como resultado de la descarga, murieron todos los miembros de una familia, excepto una bebita de no más de un año de edad, la cual fue secuestrada y remitida a Buenos Aires. La niña, bautizada Damiana, fue utilizada en vida como sirvienta y objeto de estudios antropológicos. Al  fallecer a los 14 años, víctima de la tuberculosis, se decapitó al cadáver para enviar la cabeza a Alemania, donde fue exhibida en la Sociedad Antropológica de Berlín. 
(Información extraída de: contratapa de Página/12, 19 de junio de 2010, por Osvaldo Bayer)
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/index-2010-06-19.html



Desde el desconsuelo de un retrato
la armadura de la memoria
hurga voraz
entre  rotundas huellas,
que concluyen con ostracismos
degolladores de la verdad.
Esclarece penetrar
a más de un siglo
en lo acaecido
a hombres y mujeres guayaquíes.
Habitaban la intemperie
de la invasión
que refrendó vasallajes
en páramos de matanza,
los que estremecen
en la evocación.
Y aunque la tardanza
en resarcir la humillación
aún adormece a la historia,
con enhiesta disposición
confirmamos refugios
de lo honroso.
El pueblo Aché,
germinadores del Paraguay
pujan otro hálito
desde que su tierra guarece
a quien fuera una niña
que fotografió
el dolor
a fin de mil ochocientos.
Damiana tuvo las esmeraldas
de otro nombre.
Su rapto lo segó,
como al fulgor de su año
y al definitivo idioma
que cabía en la palabra mamá,
su Caibú.
Desde el rapto
el ultraje
a los pámpanos de su decencia,
a la espesura de su paisaje.
El desgarro
a la vecindad con el agua
de su gente.
La abatió ese bautismo
que revelaba el crimen
de sus mayores.
La volvieron fregona
de quienes mancillaron
su lozanía.
En Damiana eternizó
la orfandad de las aves,
por lo aterido
ante la vergonzante desnudez.
La infamia insaciable
concertada en pos de la ciencia
la exploraba
mutando saber por crueldad.
Lo despiadado la profanó
y la solidez de una tisis
mató a sus catorce años.
La travesía de lo sangriento
la acompañó en la muerte.
Ensombrece a lo humano
el menoscabo que decapita
los índices del sentido.
Damiana pasó por la guillotina
de la desgracia.
Sin remordimiento
de Buenos Aires a Berlín
su cabeza mutilada
por afanosas observaciones,
esto delata visajes
de arrogante inmoralidad,
así como el resto de su osamenta
en la impavidez del museo
que aún debe dar retorno
a tanta Raigambre
del país guaraní.

Nora Bruccoleri
Mendoza, junio de 2010.

lunes, 24 de enero de 2011

Carmen

     La protagonista real de esta historia se llama Claudia Columba; originalmente se modificó su nombre, con el objeto de preservar su derecho a la privacidad. No obstante, a raíz de que a la propia interesada le resulta indiferente figurar con su nombre real, y al bello corolario que tuvo esta historia en mayo de 2011,  el autor decidió hacer mención de su identidad, manteniendo el nombre ficticio de "Carmen" como título y personaje del presente relato, por haber circulado así desde un principio.
     Valga este sencillo trabajo como un homenaje a aquellas mujeres que, para abrirse camino en una sociedad decididamente hostil, debieron "endurecerse sin perder jamás la ternura", como reza la frase atribuida a Ernesto "Che" Guevara. Valga, pues, como homenaje a Claudia, en representación de todas aquellas mujeres.
Horacio Ricardo Silva, 22 de junio de 2011.


O
currió en la calurosa tarde del 23 de enero de 2011 en la línea del ferrocarril Roca, ramal Alejandro Korn, un lugar en el mundo donde, como decía el parmesano Giovanni Guareschi respecto de su tierra natal, pueden suceder cosas que no ocurren en otra parte.

Carmen —llamémosla así— vive en Korn desde hace seis años. Fue una vida difícil la suya: entre un padre que la abandonó siendo muy niña, una madre egoísta y cruel y un marido que ejercitaba puching-ball en su vientre fecundado, la llevaron a una crisis de salud mental que la arrojó dentro del hospital Estévez. Pero Carmen no se entregó. Simulaba tragar las pastillas de Risperidona, y las escupía cuando nadie la veía. Quería salir entera para ocuparse de su hijo. Y lo logró; aunque su hijo... bueno, la historia de su hijo, es ya otra historia.
Aquella calurosa tarde Carmen tomó el tren, como siempre, en Constitución. Pero, como casi siempre, la formación se detuvo en Témperley, vaya a saberse por qué cruel ensañamiento del destino.
Ese día calzaba unas sandalias cuyas tiras le lastimaban el pie. Se sentó en un banco de la estación para esperar el primer tren que saliera, acariciándose la piel lastimada por la fricción y el sudor.
Y en ese momento, llegó a sus oídos una voz angelical. Una joven mujer con un avanzado estado de embarazo, sentada a su lado, le estaba ofreciendo una Curita. Así como así, de onda, nomás.
Ambas se pusieron a charlar. La joven expresó su desaliento por tener la certeza de que el tren iba a venir repleto, y de que nadie le iba a ceder el asiento.
—Pero si el asiento te lo tienen que dar; en cada vagón vienen uno o dos reservados para gente con "movilidad reducida" y embarazadas... —le dijo Carmen.
—No, no... yo no me animo a pedirlo... me da vergüenza... —contestó ella.
Siguieron charlando de otros temas, mientras Carmen pensaba: como que no se lo quieran ceder... van a ver la que se arma.
Porque así es Carmen. Vaya usted a prepotearla, y verá cómo vuelan sus amígdalas por el aire. Pero si la trata con respeto y humildad, le cederá hasta el último bocado que guardaba celosamente, y que iba a constituir su única y frugal cena.
Y el tren llegó, nomás, lleno hasta decir basta. Las dos mujeres subieron. Carmen se dirigió como pudo hasta el asiento reservado.
Éste se hallaba ocupado por una mujer gorda, con cara de pocos amigos. Y frente a ella, estaba sentado un hombre que la acompañaba, con el mismo gesto de acritud y menosprecio por sus semejantes.
Carmen le pidió cortésmente al mencionado caballero el asiento para la joven, quien no podía con su alma en el vagón repleto a 34º grados de temperatura, sosteniendo una panza que prometía —al menos— dar a luz a un futuro luchador de sumo.
El individuo en cuestión, con ese concepto de la solidaridad que suele caracterizar a los argentinos bien nacidos, le espetó:

—Mirá, le voy a ceder el asiento, pero solamente para que no me rompas más las pelotas...

Carmen, que tiene mucha calle —por la desventurada situación que la obligó a ganarse la vida, allí donde nadie debería verse obligado a ganársela— le contestó sonriendo:

—Ahh... ¿pero vos tenés pelotas...?

El Argentino Bien Nacido, con un rictus de ironía salvaje y varonil, seguro de su triunfo sobre esa hembra débil y estúpida, le desafió:

—Claro que tengo... ¿te las muestro...?

Touché. La partida estaba a favor del Bien Nacido. Ya el gallardo Argentino se llevaba la mano hacia el cierre del pantalón, amenazando con bajárselo.
El tiempo parecía haberse detenido en el interior de aquel tren. Los pasajeros, que siguieron toda la secuencia, estaban expectantes. Nadie, desde luego, osó intervenir: éste era un duelo entre dos, el conflicto les era completamente ajeno.
Y fue entonces cuando un soplo de inspiración divina atravesó el alma de Carmen. Como un monstruo surgido de las entrañas de la tierra, el odio de toda una vida de maltratos y humillaciones afloró a su rostro en una sonrisa cruel, que sus labios paladearon mientras pronunciaban la feroz sentencia, la condena atroz al impenitente y desaprensivo pecador:

—No... no lo hagas... mirá; pasa que no traigo conmigo el microscopio...

La carcajada general de los pasajeros atronó el vagón, como la descarga de un pelotón de fusilamiento. Y era que, efectivamente, el Argentino Bien Nacido había sido mortalmente herido, literalmente fusilado. Rodaban ya por el suelo, desangrándose en estertores de agonía, los restos patéticos de aquel atributo que alguna vez creyó poseer: su condición de macho, la reputación de su hombría.
La Mujer Gorda que le acompañaba, espantada por la mutilación del ex hombre —y temiendo le tocara el turno a ella en la próxima ejecución—, se apresuró a levantarse de su asiento, el cual fue alegremente ocupado por la joven embarazada.
Y así fue. Hechos como éste, de rigurosa verdad histórica, acontecen en las cercanías de Alejandro Korn; un lugar en el mundo, donde pueden suceder cosas que no ocurren en otra parte.

Horacio Ricardo Silva, 25 de enero de 2011.

(Post scriptum, 22/06/2011): El 20 de mayo de 2011 la protagonista de este relato, Claudia Columba, celebraba su cumpleaños en compañía de familiares y amigos, entre los cuales se cuenta el autor de estas líneas. Al derivar la conversación hacia la historia relatada más arriba y su publicación en este blog, Claudia contó algo que conmovió a los presentes: "Ah, no les conté: hace poco me volví a encontrar en Temperley con esa chica, la embarazada, que ya tenía al bebé, ¡una nena enorme...! ¿Y saben qué me dijo? Que le puso "Claudia" como segundo nombre... ¡por mí...! ja, já, ¡qué tontería...!"

Porque así es Claudia. Y así es Alejandro Korn; un lugar en el mundo, donde suceden cosas que no ocurren en ninguna otra parte.


miércoles, 19 de enero de 2011

Elsamor



Mi cabaña alejada.
Mi arroyo fresco y cristalino.
Mi mecedora y mi pipa.
Tu sonrisa y los niños
en el huerto.

Y vos mirándome
(o mirándote)
indisolublemente atrapada en mí
como la realización de un sueño
que nunca tuve.


Horacio Ricardo Silva, circa 1976.

Lux Aeternum


(Este cuento de ficción, basado en la historia de Dalia, el elefante libertario, y escrito en homenaje a Haroldo Conti y su novela Alrededor de la jaula, fue publicado originalmente en el blog cubano VerbiClara, de la licenciada santaclareña Amparo Ballester).
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Dedicado a Meca, quien vive en el Río de la Plata y en mí;
 y a Haroldo Conti, cuyos relatos acompañaron mi adolescencia

La división de Mastozoología, ubicada en el primer piso del Museo Argentino de Ciencias Naturales en Parque Centenario, era un lugar frío e inhóspito, donde rara vez llegaban los visitantes.
Entre los restos sombríos y polvorientos se destacaba la figura de un elefante embalsamado, cuyos ojos vidriosos —igual que la Gioconda—  provocaban el efecto de seguirlo a uno con la mirada por todo el recinto. Un cartel indicaba su procedencia: “Familia: Elephantidae. Orden: Proboscidea. Elefante de la India. Elepheas maximus. Distribución: Asia meridional y oriental, Cochinchina, Siam e isla de Ceilán. Pertenecen estos restos al elefante ‘Dhalia’ que durante muchos años vivió en cautiverio en el Jardín Zoológico de Buenos Aires”.
Camilo, un pibe de trece años, era uno de los pocos que se llegaban hasta allí. Dejaba la fascinación por los dinosaurios a los chicos de la primaria, que se divertían comparando a la maestra con el homo neandhertalis, o pegando chicles en las vértebras del Tyrannosaurus Rex.
De tanto ir al museo, Camilo se había hecho dos amigos: Sergio, el bibliotecario, y Haroldo, un empleado de maestranza que había sido durante muchos años guardián del Zoológico Municipal.
Solía visitar al viejo en su covacha, una oficinita mugrienta donde guardaba sus utensilios de limpieza y contaba viejas historias del Zoo, mientras cebaba mate.
Contaba, por ejemplo, cuando el rinoceronte Archibaldo arremetió contra las rejas hasta romperse el cuerno, atormentado por su reciente viudez; o cómo el cuidador Antonio logró que la mona Bobby —que se había escapado para mirar una carrera de ciclismo que se corría en la avenida Sarmiento— regresara a su jaula, simulando que la defendía de otro guardián que aparentaba atacarla.
O recordaba al director Clemente Onelli, que una vez consiguió a una mujer con el coraje suficiente para amamantar a un monito huérfano,  y otra vez se trajo caminando desde el puerto a la recién llegada jirafa Mimí, que no cabía dentro de ningún vehículo.
Pero el relato que más le gustaba oír era el de aquel muchachito que se hizo amigo de la mangosta canina; y que un día, harto quizá de verla encerrada en una jaula triste, roñosa y solitaria, la liberó para fugarse juntos a un lugar donde no hubiera barrotes, guardianes ni amargura. Aunque todo eso terminó mal –la policía los atrapó y encerró a ambos- estas historias le encantaban a Camilo, que no decía nada cuando el viejo Haroldo las repetía, olvidando que las había contado decenas de veces.
Su otro amigo, Sergio, solía darle charla y algún material sobre los animales favoritos de Camilo. Y no eran pocas las veces que éste se quedaba allí, hasta que las sombras de la noche indicaban que había llegado la hora de cerrar.
La vida del chico se centraba alrededor de esas delicias. Lo demás era rutina; ir a la escuela (donde lo único que valía la pena eran las clases del maestro Mostazo, que leía cuentos de Horacio Quiroga), llegar a casa y hacer los deberes. Y luego, nuevamente la entrada a ese mundo muerto de grandes saurios y aves, que alguna vez crepitaron de vida y hoy amontonaban polvo, delante de unos visitantes que miraban todo con cara de aburridos.
Una tarde de invierno, en que la lluvia hacía más lóbrego el lugar, sintió un sobresalto al mirar el elefante: le pareció percibir un levísimo movimiento en la quijada del animal embalsamado.
Con el corazón en un salto, miró fijamente la imagen: no notó nada extraño.
Pensó que sería su imaginación, ya fértil de por sí, y le restó importancia al asunto. Sin embargo, la impresión no le abandonó.
Desde aquella vez que le pareció ver al elefante moverse, Camilo empezó a tener pesadillas.
Un día soñó que era un animal enorme, y que corría a toda velocidad por una selva como la de los cuentos de Quiroga, huyendo de los cazadores.
Otra noche se vio embarcado en una jaula, rumbo a un país desconocido. Y una tercera vez, soñó que quería escaparse, arremetiendo contra los  barrotes como el rinoceronte Archibaldo.
—Demasiadas lecturas de la selva— sentenció su madre, agregando que si seguía imaginando demasiado, le prohibiría ir al museo a escuchar las tonterías con que ese viejo loco le llenaba la cabeza. Camilo decidió no hablar más de esas cosas.
Una tarde en que Sergio se quedó a hacer horas extras, el muchacho no se dio cuenta de que ya se había hecho noche cerrada. “Mamá me va a matar”, pensó, y saludando apresuradamente, salió de la biblioteca.
En su camino por los pasillos ahora oscuros, donde la penumbra destacaba con sombríos relieves las siluetas inanimadas para siempre, al pasar por Mastozoología creyó ver algo que le heló la sangre.
Dhalia había cambiado de posición, y lo miraba fijamente a él. Empalidecido por el terror, su mente giró entonces en un torbellino.
Como en los sueños, Camilo era el elefante. Estaba en el zoológico, frente al templo hindú. Su instinto salvaje le advirtió el peligro que representaban unos policías apostados alrededor de la jaula, armados con fusiles, que le apuntaban desde distintas direcciones.
Su enorme masa muscular se puso en extrema tensión. Sus ojos calcularon rápidamente la distancia que había entre él, la reja y esos hombres, y tomó la decisión de intentar escapar. Los amenazó irguiendo la trompa hacia el cielo, mientras emitía un profundo y gutural barrito, y tras ese preámbulo emprendió una feroz carrera hacia los barrotes.
El impacto fue tan tremendo que logró romper uno en la embestida. Aún atontado por el golpe, su finísimo oído oyó una voz seca; sus ojos entrevieron los fogonazos, y su rugosa aunque sensible piel sintió las mordeduras del plomo en un estrépito de truenos.
La sangre tibia manaba de su frente, y un furor sobrenatural lo invadió; fue entonces cuando un ser angelical se interpuso entre él y sus fusiladores, y comenzó a limpiarle la herida con suma dulzura y suavidad.
En ese momento se despertó entre los brazos de Haroldo y Sergio, que llegaron corriendo al escuchar sus gritos.
—¡Camilo! ¡Camilo! ¿Estás bien? ¿Qué te pasó, muchacho? ¿Qué tenés? ¡Sergio, traé un poco de agua!—
El muchacho temblaba y sudaba frío. Con sus ojillos de animal asustado miraba alternativamente a sus dos amigos, hasta que al final los reconoció. Recién entonces pudo intentar explicar, entre incoherencias, lo que había vivido.
El rostro de Haroldo se tornó profundamente sombrío; y, acariciando a Camilo con la ternura de un padre, le habló con una suavidad desconocida hasta entonces:
“Yo quería mucho a ese animal porque era su cuidador, cuando trabajaba en el zoológico. Dhalia era amigable por naturaleza, y juntos solíamos llevar a pasear a los chicos encima de su enorme lomo. Cuando lo mataron pedí el traslado, porque no podía soportar su ausencia; y me trajeron aquí, donde está él.
“En la tierra natal de Dhalia, la India, los elefantes son sagrados. Los hindúes creen en la reencarnación; que al morir, el espíritu reencarna en otro cuerpo, para enmendar los errores que cometió en vidas anteriores. Pero para poder reencarnar es preciso que su cuerpo sea cremado, es decir, purificado por el fuego.
“Yo me siento en deuda con él, porque no pude evitar su muerte. Y siempre pensé que debía hacer algo para que pudiera reencarnar, pero nunca me animé. Soy viejo, y demasiado débil, o quizá cobarde. Pero la pena que tengo, me acompañará para siempre”.
Camilo escuchaba todo con profunda atención. Ya no temblaba, y sus mirada había perdido ese destello salvaje, para adquirir una expresión de reconcentrada calma.
Cuando regresó a su casa tuvo que soportar un tremendo escándalo por la hora de llegada y, como su madre había advertido, le prohibió volver al museo mientras sea menor de edad: —Mientras seas chico jamás volverás a ver a ese viejo loco, que quizá sea un degenerado. ¡Vaya una a saber con qué propósito te entretuvo hasta estas horas de la noche!—
Desde entonces, no hubo alegría para Camilo. Todo en él era reserva y circunspección, hasta el punto de que sus compañeros del colegio preferían estar lejos de él, a quien miraban como a un bicho raro.
Sin embargo, seguía imperturbable. Siempre pensaba, y pensaba. Y cuando por fin llegó a una conclusión, no miró hacia atrás.
Una tarde a la salida del colegio, llamó a su madre para avisarle que se quedaba a estudiar en casa de un compañero que ella conocía, y que tal vez podría quedarse a dormir si se hacía tarde.
Luego se fue a caminar por ahí, para hacer tiempo. Se entretuvo mirando comics y manga en los puestos de Parque Centenario, hasta un rato antes del cierre del museo.
Entró aprovechando la confusión provocada por la salida de un grupo escolar, excitado y bullicioso.
Una vez dentro, se escondió en un cuartito en desuso que Haroldo le había mostrado; y allí se durmió, mientras esperaba que se hiciera de noche.
Cuando despertó, aguzó el oído para percibir cualquier síntoma de movimiento: no oyó nada y, empujando la puerta despacito, se atrevió a salir. Ocultándose como pudo entre las vitrinas, llegó finalmente a la división de Mastozoología.
Saludó a Dhalia con una ternura infinita, hablándole de las mil cosas que estuvo pensando todo ese tiempo, mientras sacaba de su mochila un gran frasco lleno de kerosén. Comenzó empapando la cabeza y los costados del animal, y con gran esfuerzo consiguió arrojar el líquido sobre su lomo, que no medía menos de dos metros de altura. En la tarea, torpemente efectuada, quedó él mismo rociado con el combustible, muy a su pesar. “Ahora sí que mi vieja me mata; con este olor en la ropa, no sé cómo voy a convencerla de que estuve estudiando en lo de Carlos”, pensó.
Cuando se vació el frasco sacó una caja de fósforos que llevaba en el bolsillo de su campera. Con las manos algo temblorosas, la abrió y tomó uno; y en ese momento, un grito lo sobresaltó:
—¡¡Camilo!!—
Miró hacia el costado, y vio al viejo Haroldo que le hacía señas desesperadas para que se detuviese.
—¡Camilo, por Dios, no lo hagas!—
El temblor desapareció de sus manos. Miró al viejo y recién ahí supo cuánto lo quería, y cuánto quería a esa nostalgia de tiempos antiguos que él no había vivido, pero que sentía como propios.
Entonces, ante la mirada desesperada del viejo, sonrió levemente y prendió el fósforo.
Al día siguiente, los diarios titularon: “NIÑO PIROMANIACO MUERE AL PRETENDER INCENDIAR MUSEO DE PARQUE CENTENARIO”. Las radios y canales de televisión dedicaron sus noticiosos a resaltar la falta de valores de la juventud y la inacción del gobierno para prevenir este tipo de atentados, reclamando mayor presencia policial en las calles y una eficaz vigilancia en los lugares de reunión de los jóvenes.
La única excepción fue la nota que publicó un viejo diario anarquista, que no leyó casi nadie, y en la que un memorioso investigador transcribía algunos párrafos de La Nación, edición del 20 de mayo de 1943:

SACRIFICOSE  A ‘DHALIA’, EL ELEFANTE DEL ZOOLOGICO

“Dhalia, el único elefante macho que había en el Jardín Zoológico, tuvo que ser ultimado a tiros.
El hecho ocurrió ayer, entre las 14 y las 15. Un piquete de la Guardia de Seguridad disparó 36 balazos contra el animal enloquecido. Fue como una cacería dentro de la ciudad, en la pequeña y urbanizada selva de Palermo, alborotada por el guiriguay de los pájaros y los chillidos de los monos.
Después de recibir el primer impacto en la frente, de la cual empezó a manar abundante sangre, los presentes vieron con estupor cómo su joven compañera, de nombre Cango, se cruzó en la línea de fuego tras arrancar unas matas de pasto con las que se puso a limpiar la sangre de la herida.
El oficial, azorado, ordenó alto el fuego; pero ese instante mágico fue roto por el mismo Dhalia, quien resuelto a huir de la ejecución, intentó salir por el hueco abierto en la reja.
Sonó otra vez la voz de fuego, y las descargas se sucedieron sin solución de continuidad, por espacio de una hora; fue entonces cuando el soldado J. Durán, campeón de tiro de fusil, disparó el tiro de gracia haciendo blanco mortal en uno de los ojos.
Cuando Dhalia por fin cayó lo hizo con estilo, doblando las patas, arrodillándose sin tumbar el cuerpo, como esperando la muerte con dignidad. Y así quedó, como si estuviera en actitud de reposo, frente al pabellón indio, entre los rugidos de las fieras, la algarabía de los pájaros y el griterío de los monos, que saltaban y aplaudían en la jaula, pues había terminado la función: la cacería improvisada en la ciudad”.

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Muchos años después, un joven elefante y su conductor atravesaban despreocupadamente las junglas del sudoeste de la India. A su paso, los sencillos pobladores de la aldea de Bhadravati, coincidían entre sonrisas al afirmar que nunca habían visto una amistad tan pura y simple, como la existente entre aquel hijo de Ganesh y el alegre cachorro de hombre que lo guiaba. [2]

Horacio Ricardo Silva, 17 de junio de 2005.


[1] Luz eterna, en latín.
[2] Las tres deidades más importantes para el hinduismo son Visnu y sus dos hijos, Brahma y Shiva. Este último tuvo con Parvati, su mujer, dos vástagos: Kartakaya y Ganesh. Debido a una confusión Shiva decapitó a Ganesh, quien protegía a su madre. El atribulado padre bajó a la Tierra, con la promesa de traer a su hijo la cabeza del primer ser que encontrara a su paso, que resultó ser un paquidermo. Su imagen se representa entonces como un hombre de gran barriga, cuatro brazos y cabeza de elefante; es el dios de la sabiduría y las letras, conocido también por su capacidad para remover obstáculos. Actualmente es la deidad más popular en la India y su hijos, los elefantes, son considerados sagrados por su origen divino.