jueves, 25 de octubre de 2012

«Uno»: Enrique Santos Discépolo y una canción de desesperanza, o el amor a los cincuenta


Enrique Santos Discépolo (1901 - 1951)

L
as decepciones amorosas son, a qué negarlo, una de las pocas cosas que tiene en común el género humano, atravesando geografías, siglos, religiones, convicciones políticas, colores de piel y clases sociales.
Qué hacer con esas decepciones, es cuestión de cada uno. En general suele imponerse el sentido común. Cuando algo ha lastimado en profundidad los sentimientos, la reacción natural es la cautela, la prudencia, el miedo.
Ahora, una cosa es decepcionarse en medio de la vitalidad de la juventud, cuando se está tan al comienzo de la vida, cuando se cree hasta en la posibilidad de cambiar el mundo. Pero, ¿qué pasa a los cincuenta?
Cuando se alcanza el medio siglo, las perspectivas son muy diferentes. A veces, uno mismo queda siendo el miembro más antiguo de su familia, porque fallecieron abuelos, padres, madres, tíos, parientes. Además, se ven partir uno a uno a los artistas que fueron los referentes de la adolescencia, aquellos de quienes se abrevó para terminar siendo quien uno es.
La muerte, entonces, ya no es un hecho lejano; se toma consciencia de que el final está más cerca que el comienzo.
Para entonces, la vida se ve reflejada en el universo discepoliano. A la postre no se cambió al mundo, que “fue y será una porquería”, como siempre; se amó, se tuvieron hijos, se traicionó, se fue traicionado. Y se concluyó en que el amor no es como uno creía que era. Y que no existe una sola manera de amar, que son infinitas, algunas de ellas sanas, la mayoría completamente enfermizas; pero que no por ello, dejan de ser amor.
A los cincuenta, se piensa que el amor ya no es para uno. Y menos, si uno se estableció de manera independiente, tiene su lugarcito, no le faltan los pesos para comer y tomarse un vinito o un fasito, salir de vez en cuando, nada del otro mundo. El sexo pasa a ser una actividad secundaria, y nunca falta alguien con quien —o mejor dicho, con quienes— compartirlo. Pero eso sí: después cada uno a su casita, cuando tengas ganas me llamás, o si me pinta te llamo yo.
Porque a los cincuenta, uno ya sabe que la Princesa Dorada no existe; y que tampoco uno es, precisamente, ningún Príncipe Azul.
Uno se vuelve exigente, y sabe que no tiene derecho a serlo. Porque uno quiere una mujer que sea inteligente, refinada, culta pero sencilla, muy sensual en la intimidad... eso, que sea toda una dama en la mesa, y una flor de puta en la cama, o en el baño de una heladería, por caso.
Pero eso no es todo, qué va... además debe querer huir de la rutina como de la peste, ser compañeraza, con sensibilidad social, tener gustos esenciales compartidos, que sea una pizca celosa, sin llegar a extremos enfermizos. Que se conmueva hasta el llanto con determinadas pelis, que tenga profundidad en el alma, apertura y comprensión para las diferencias de criterio. Y, de yapa, que sea linda, que su cuerpo nos guste, que despierte nuestro instinto animal.
En otras palabras: una mujer con quien  volar.
Entonces, uno concluye en que esa mujer no existe; o que si por un remotísimo azar del destino existiera, debe vivir en algún confín perdido del mundo, acaso en Asia o en África, hablando otra lengua, imposible llegar a conocerla, ni siquiera por internet.
Además, si existiera... no nos daría la menor pelota. ¡A uno, justamente! A qué engañarse...
Eso es lo que uno piensa a los cincuenta. No obstante, uno también necesita amar, porque no se resigna, no se conforma a una vida demasiado segura, demasiado rutinaria.
¿Y si por puta casualidad reapareciera la magia? ¿Y si uno encuentra una mujer que reúne varias de todas esas exigencias? Y si, por extraño que parezca, esa mujer le diera pelota a uno? ¿Qué hacer?
A estos interrogantes les dio respuesta Enrique Santos Discépolo, el inolvidable filósofo porteño, en el tango “Uno”. El texto que sigue a continuación fue extraído de “Cuadernos de Crisis” Nº 3, publicado en diciembre de 1973. Luego, dos líneas de reflexión.

Discépolo, explicando a Carlos Gardel el por qué de "Yiya... yira" (1930).
Cómo nació «Uno»

(De su ciclo «cómo nacieron mis canciones, Radio Belgrano, 1947»)

“Siempre hay un «antes»... Un «antes» que justifica todo lo que puede venir después. Somos jóvenes antes de ser viejos, para justificar el reuma. Nos enamoramos antes de casarnos, cuando lo lógico sería que nos enamorásemos después... Hay, entre el antes y el después, una relación de fuego y ceniza, de tajo y sangre, de grito y llanto. No se conciben separados. Para hablar de «Uno» —el que llegó después— tengo que hablar antes de mí, de mi especial estado de ánimo en ese tiempo que precedió al nacimiento de «Uno».
Estaba raro. No sé, no sé en realidad qué diablos me pasaba. Me entró de pronto una melancolía inexplicable. Melancolía de canario. Yo, que generalmente tengo buen humor, estaba insoportable. Quería pelearme con todo el mundo. Con los guardas, con los colectiveros. ¿Se da cuenta?... Con este cuerpo, quería pelear...
Fue una temporada terrible. En casa, un poco alarmados, llamaron al médico. No tenía nada, estaba sano. El médico, pobrecito, me aconsejó lo de siempre: que dejara de fumar, que dejara de beber, que dejara de acostarme tarde.
Puesto que se trataba de dejar de hacer algo, yo dejé de tomar tranvía. Seguí fumando, bebiendo, acostándome tarde.  Porque lo que yo tenía era vejez, cansancio, cansancio de vivir. En ese momento me hubiera gustado hablar de otra manera, respirar de otra manera, caminar al revés... qué se yo! Me molestaban el tráfico, las bocinas, los gritos de los vendedores.
Aquí, entre nosotros, nada justificaba ese estado mío. Lo tenía todo, estaba sano, era feliz... Un hombre en esas condiciones, debería cantar, saltar de alegría, sonreír como fabricante de dentífrico.
Yo escupía pólvora, estaba áspero como un limón, intratable... Me acuerdo de aquellos días, y... y...
Hice lo único lógico en ese clima de ilógica: me encerré! No en un baúl, ni en el ropero. Me encerré en mi casa. Se desconectó el teléfono. La puerta de entrada no se abría para nadie.
En esos diez días pensé en mi vida, en las cosas de mi vida. Pero no pensé en los momentos buenos; pensé en los malos momentos. Eso fue la auto-vacuna que me curó. Me curé con mi propia rabia, con mi propia amargura.
Aquello pasó y seguramente no volverá a repetirse. Cité aquel estado especial de mi espíritu para justificar esa amargura de «Uno». que muchos amigos dijeron que resultaba tremenda y desoladora. Tal vez tengan razón. En otras circunstancias, acaso no hubiera escrito lo que escribí. Aquellos diez días de locura absurda me ayudaron a preparar el tema. La desilusión amarga del que no puede amar, aún queriendo amar, no había sido tratada todavía. Yo aprendí, en aquellos días de «reviro», que la gente sería inmensamente feliz si pudiera no presentir...”
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Hasta aquí, las palabras de este inolvidable filósofo. Y uno dice: ¿qué hacer? El protagonista de “Uno” no podía sobreponerse: tenía un frío cruel peor que el odio, punto muerto de las almas, tumba horrenda de su amor.
Qué hacer con esas decepciones, es cuestión de cada uno. Quien esto escribe, ya se decidió. Es mil veces preferible jugarse el todo por el todo una vez más, a riesgo de volver a arrastrarse entre espinas, que "andar sufriendo en vida  /  la tortura de llorar / su propia muerte". Eso, que quede en las letras de tango.
Que al fin y al cabo —como dice el guapo Canaveris, en el film Fantasma de Buenos Aires:—

"Pa' milonguear estoy yo".


Horacio Ricardo Silva, 25-10-2012.

(Letra, audios y partitura, en:)



lunes, 15 de octubre de 2012

Los tres tunduques amigos (cuento para niños)


Esta breve fábula sobre la tolerancia, escrita por mi entrañable amigo Federico Mare para su hija Ada, no deja lugar a dudas de que nos encontramos ante un nuevo Horacio Quiroga de la literatura infantil.




Hace mucho tiempo, en el valle de Uspallata, antes de que los huarpes se establecieran en él, vivían a la sombra de un algarrobal inmenso tres pequeños tunduques: Xumec, Llahuec y Tamari. Eran grandes amigos, y todos los días, cuando el sol comenzaba a esconderse por detrás de las montañas, salían de su madriguera y se reunían a orillas de un arroyo de aguas cristalinas a jugar y conversar. Cuando estaban juntos, el tiempo volaba como el viento; y cuando se hallaban separados, las horas transcurrían con la lentitud del caracol. Eran los animalitos más felices de todo el bosque, pues mucho era lo que se querían y nadie se divertía tanto como ellos. Hacía bastante tiempo que se conocían, y nunca habían tenido desacuerdos ni discusiones. Les gustaban los mismos juegos, las mismas aventuras, los mismos temas de conversación, las mismas historias de fantasía…

Pero una tarde, mientras merendaban al costado del arroyo, comenzaron a hablar de lo que cada uno creía acerca del valle en el que vivían, y de las plantas y animales que había en él.

—Yo estoy seguro que fue el Rey del Sol, y nadie más que él, quien creó el valle y a todos los seres que lo habitan —afirmó Xumec—. Los creó en un instante, y tal como son ahora. Eso fue hace cinco mil lunas. El gran mago del Cerro Tunduqueral me lo dijo. Lo leyó en el Antiguo Libro que contiene todo lo que el Rey del Sol alguna vez reveló.

—Yo opino lo mismo, porque también creo en el Rey del Sol y en todo lo que enseña el gran mago —dijo Llahuec—.

—Yo no creo que exista en el sol ningún rey, ni que nadie haya creado al valle y a sus moradores —comentó Tamari—. Este lugar que habitamos existió desde siempre, aunque no siempre fue igual. Los tunduques más sabios, que mucho han investigado y estudiado el asunto, dicen que al principio no había montañas, ni arroyos, ni rocas, ni plantas, ni tampoco animales. No había materia, nada que se pudiera ver o tocar. Sólo energía. Y un día la energía se transformó en materia. Y muy lentamente, a lo largo de millones y millones de lunas, se fue formando el valle con sus rocas y arroyos. Y luego aparecieron sus plantas. Y por último sus animales, incluidos nosotros los tunduques.

Tamari, aunque no compartía las creencias de Xumec y Llahuec, las respetaba. Pero Llahuec y Xumec, en cambio, comenzaron desde entonces a hostigar a Tamari por sus ideas, y a burlarse de ellas. No aceptaban que él pensara diferente. Tamari sufría mucho a causa de esa situación, y les pedía a sus dos amigos que fueran tolerantes, tal como él lo era con ellos. Pero Xumec y Llahuec no le hacían caso, y mantuvieron su actitud con el propósito de que Tamari finalmente les diera la razón, negándose a jugar con él.

Una vez, mientras jugaban a las escondidas, Xumec y Llahuec se perdieron. Durante todo el día deambularon por el algarrobal sin poder hallar el lugar donde vivían. De pronto, cuando ya el cansancio y el hambre comenzaban a hacerse sentir, se toparon con un tunduque que no conocían, de nombre Nurum, al que le relataron su problema y le pidieron ayuda. Nurum, que era muy amable y solidario, les prometió que los guiaría de regreso a su hogar no bien repusieran fuerzas, y en el acto los invitó a hospedarse en su tunduquera, donde fueron muy bien recibidos por los otros tunduques.

Para su sorpresa, Xumec y Llahuec descubrieron al cabo de un rato que todos sus anfitriones tenían las mismas ideas que su amigo Tamari. Todos menos Nurum, quien creía fervientemente, al igual que ellos, en el Rey del Sol, y que a causa de ese motivo no la pasaba nada bien. Con gran tristeza vieron cómo el bueno de Nurum sufría al ser discriminado por sus compañeros, y eso los hizo pensar y recapacitar mucho.

—No respetar las creencias de los demás es algo muy malo, porque causa daño a quienes queremos —dijo Xumec—.

—Tienes razón —respondió Llahuec—. Sin darse cuenta, están siendo crueles con Nurum, del mismo modo en que tú y yo lo hemos sido con Tamari.

Los dos amigos hablaron con todos y cada uno de los tunduques que hostigaban a Nurum, y a través del diálogo los hicieron reflexionar. Y desde entonces nadie más en esa tunduquera volvió a ser irrespetuoso con quien piensa diferente a la mayoría. Y así Nurum pudo ser feliz.

Pero ahí no termina esta historia, porque Xumec y Llahuec debían regresar a su propia tunduquera. Y así lo hicieron, porque Nurum cumplió su promesa. Con gran destreza los guió en el viaje de retorno, pues conocía cada rincón del algarrobal como la palma de su mano (¡perdón, de su pata!).

Y no bien llegaron a su tunduquera, Xumec y Llahuec fueron de inmediato a ver a Tamari, y se disculparon con él, puesto que habían comprendido el valor de la tolerancia. Y desde entonces, los tres amigos volvieron a divertirse juntos jugando y charlando todas las tardes, sin dejar que sus diferencias de opinión afectaran en lo más mínimo su feliz amistad.

Cuando hay bondad y la amistad es verdadera,
las diferencias de opinión siempre se respetan.

Federico Mare

viernes, 12 de octubre de 2012

Manuscrito original del Diario del Che en Bolivia

Gracias a la amiga y compañera cubana Amparo Ballester (http://verbiclara.wordpress.com/), recibí el link de este incunable documento histórico. Al abrirlo, quedé profundamente impresionado por la vida, la humanidad que se percibe en la letra manuscrita. He leído varias veces el libro impreso , pero recién hoy pude comprender hasta qué punto la tipología de imprenta puede aniquilar, volver fría e inhumana, la pasión de un revolucionario. Comparto aquí el link; no tengo más palabras.


http://www.chebolivia.org/index.php/77-publicaciones-csg/182-imagen-facsimilar-del-diario-del-che-en-bolivia

Las guardias blancas


Por Horacio Ricardo Silva (*), 11-10-2012

(A raíz del alevoso asesinato de Miguel Galván, campesino del MOCASE-VC santiagueño)


Parecen cosa del pasado, pero nada hay más actual, en Argentina —y en todo el mundo—, que la existencia real de las Guardias Blancas.
Este nombre, que infundía terror en las primeras décadas del siglo XX, comenzó a difundirse en tiempos de la Revolución Rusa de 1917, para referirse a las bandas armadas de civiles y militares, que actuaban de manera semiclandestina, asesinando obreros revolucionarios, hebreos, y cualquier otra persona que les fuera fijada como objetivo.
En Argentina, comenzaron a actuar en la represión del Centenario (1910), pero de manera inorgánica. Recién con los sucesos de la Semana Trágica de 1919 conformarán una organización paramilitar con status legal, al fundarse la Liga Patriótica Argentina, del doctor Manuel Carlés.

Bs. As., enero de 1919: Guardias Blancas en misión de patrullaje . Nótese la subordinación del personal policial que la acompaña, viajando de pie en los estribos del vehículo (Caras y Caretas Nº 1059, 18-1-1919)

Cosa similar ocurría al mismo tiempo en Alemania, con la creación de los Freikorps, que tuvieron el dudoso privilegio de masacrar sin piedad a los referentes de la Liga Espartaquista,  Karl Liebcknecht y Rosa Luxemburgo.
En los turbulentos años setenta, la funesta tarea fue retomada por la siniestra Alianza Anticomunista Argentina o Triple A, organizada por el ex ministro José López Rega con el consentimiento del entonces presidente Juan Domingo Perón; sus crímenes fueron certeros e implacables, como la masacre de Ezeiza (1973) o los asesinatos del diputado Rodolfo Ortega Peña y el sacerdote tercermundista Carlos Mugica. Y, en mérito a ello, se les permitió formar parte de los Grupos de Tareas constituidos por la dictadura militar que asoló estas tierras entre 1976 y 1983.

Guardias Blancas en el palco. Ezeiza, 20-6-1973.
Hoy, aquellas bandas armadas siguen existiendo en Argentina. Fueron Guardias Blancas del gremio ferroviario las que ultimaron al joven Mariano Ferreyra en Barracas; o vinculadas a las fuerzas armadas, como las que hicieron desaparecer hace seis años al testigo Jorge Julio López, por sólo citar sólo unos pocos ejemplos.
Pero las Guardias Blancas no tienen solamente objetivos políticos; también son simples matones a sueldo de terratenientes y empresarios, necesarios para la “feliz” marcha de sus negocios. Asesinos armados con fusiles y carabinas, contratados para asegurarle al patrón la sumisión incondicional de los pobres y los desheredados de la tierra.
Un triste ejemplo de ello, y de existencia de la esclavitud en la Argentina actual, se vio en diciembre de 2011, al revelarse la existencia de 95 esclavos en un campo de arándanos de San Andrés de Giles, sometidos a trabajos forzados por la firma exportadora “Baldones S.A.” (“Baldones”; vaya nombre apropiado).
Estos esclavos modernos eran obligados a trabajar y custodiados por cinco guardias blancas; en el operativo policial se secuestraron “tres pistolas, dos escopetas, dos fusiles, dos carabinas y municiones para todas estas armas”. (Página 12, 2-12-2011).[1]
Según denunció ayer el MOCASE-VC, Paulino Riso, el sicario que literalmente degolló —de una puñalada en la yugular— al joven Galván, cumplía órdenes de la empresa LA PAZ S.A. (“La Paz”; vaya nombre inapropiado).
El objetivo empresario era, siempre según esta denuncia, desbrozar la “mala hierba” humana que se oponía al alambrado de un sector de tierras pertenecientes a las comunidades indígenas Lule Vilela.
Pero este crimen no es nuevo en la zona. Ya en noviembre de 2011 había sido ultimado a balazos otro joven campesino, Cristian Ferreyra, al resistir un desalojo en el campo donde pasó toda su vida.

La revista Barcelona editorializa, en sorna, el trasfondo de los asesinatos de las Guardias Blancas santiagueñas
De nada valieron las denuncias sobre intimidación y amenazas de muerte efectuadas previamente por los campesinos; la muerte de Galván era —parafraseando a Gabriel García Márquez— una muerte anunciada.
Pero las autoridades encargadas de implementar justicia, de sensibles oídos a las hora de escuchar las quejas de los empresarios, no pudieron oír al campesinado pobre. Y acaso no haya sido de ellas toda la culpa: si es sabido que los pobres no tienen voz, ¿por qué tendrían entonces ellos que haberlos escuchado?
En tanto, las Guardias Blancas continúan su macabra labor. Ya, cuando la noticia sea vieja, Riso volverá con los suyos; ya se sabe cómo terminan estos expedientes.
Es que sus patrones son gente muy poderosa; no es una sola empresa, no un solo propietario. También tienen sus Guardias Blancas “empresarios como Enrique Pagola, Lopresti del Quebrachal, Safir Saa, Carlos Cejas, Raúl Micoli y otros”, siempre según el MOCASE-VC.
Así está hoy la situación en los montes argentinos. La histórica disputa entre el capital y el trabajo, sigue demandando sangre campesina para regar la tierra.
Las Guardias Blancas no necesitan de la solidaridad popular; les basta con la protección de sus patrones, y sus influencias en ámbitos del Poder.
Pero los desheredados santiagueños sólo pueden contar con el apoyo que pueda brindarles el resto de la comunidad; al menos, de aquellos que todavía sean capaces de “temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia”, como dijera un Hombre, asesinado también —como Galván— por los sicarios del capital, hace 45 años, un infausto 9 de octubre de 1967.
Los teléfonos y sitios web de solidaridad se copian a continuación. Es de esperar que, esta vez, no se los deje solos.

Celulares:
Adolfo:       0385-15-518-7809
Ángel:         03844-15-515-850
Cariló:         011-15-5881-1088
Deo:            03844-15-408-668

Sitios webs:
— Movimiento Campesino de Santiago del Estero – Vía Campesina (MOCASE-VC:)

— (Email) MOCASE-VC: mocase.vc@gmail.com

— (Facebook) MOCASE-VC:

— Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC):

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(*) Horacio Ricardo Silva (Bs. As., 1959) es escritor, historiador y periodista. Ha publicado artículos en las revistas Todo es Historia, Caras y Caretas y en el periódico de las Madres de Plaza de Mayo. En 2008 ganó la beca Ezequiel Martínez Estrada, otorgada por la Biblioteca Nacional, que destinó a la investigación que dio lugar a su libro "Días rojos, verano negro", una crónica de la Semana Trágica de 1919. (Anarres, Bs. As., 2011). En la actualidad publica sus artículos en la Red Martianos (República de Cuba), en la organización italiana FILEF, y en su propio blog, mangrullodeltiempo.blogspot.com.ar





lunes, 8 de octubre de 2012

Buenos entendidos (una historia sorprendente) - Por Sibila Camps.

Este interesante texto es el relato de una anécdota personal de la autora, que sin embargo la trasciende, volviéndola universal. Concatenación de casualidades, que se enlazan con la precisión de una novela bien escrita; y que sin embargo, de una manera mágica y paradójica, ocurren en la vida real.


Una historia sorprendente


Por Sibila Camps (*)

  En mis vacaciones en La Paloma (segunda quincena de febrero de 2011), se me acabaron los libros que me había llevado y fui a una librería. Busqué libros de autores uruguayos, elegí dos y descarté un tercero, por razón de precios (están más caros que en Argentina). Pero la dueña me insistió y terminé llevándome el tercero, La costa ciega, de Carlos M. Domínguez.
Me encontré con una novela extraordinaria, de esas que se encuentran una cada cinco años, y leyendo mucho. La situaba en parte en Buenos Aires, y en buena parte en las costas de Rocha, donde yo estaba mientras la leía.
Ya en Buenos Aires, busqué en Google datos del autor, y me encontré con varias sorpresas. La primera, que Domínguez era argentino, pero desde 1989 vivía en Montevideo. La segunda, que yo “lo conocía”, pero no me había dado cuenta. Decidí escribirle, y contarle que su libro me había parecido excelente. Tardé bastante tiempo, hasta que finalmente conseguí el mail de la encargada de prensa de Mondadori, le escribí, y ella me pasó el mail de Domínguez.
El 3 de abril le envié estos párrafos:
Estimado Carlos:

Pedí tu dirección a Florencia Ure, de prensa de Alfaguara, ya que no quería quedarme con las ganas de hacerte un par de comentarios sobre "La costa ciega".
Estuve en febrero dos semanas en La Paloma, un lugar adonde he ido varias veces de vacaciones, con distintas compañías, y las últimas veces, sola. Un lugar donde me siento muy cómoda y descanso bien: me alquilo una bici por todo ese lapso, voy siempre a playas distintas, me llevo muchos libros, y leo a lo bestia. Tanto, que este año, a pesar de que me tocó muy buen tiempo, se me acabaron los libros.
Hay autores uruguayos contemporáneos que me gustan mucho, y los busqué. No había ninguna novela de Delgado Aparaín, y me llevé su libro de entrevistas, "Hablar con ellos". Tomé también "Las cartas que no llegaron", de Rosencof. Y la dueña de la librería me insistió con el tuyo (no estoy segura de que lo hubiera leído; seguro, sí, alguna reseña).
Aunque te parezca mentira, ni al comprarlo ni durante la lectura recordé que también sos coautor de "Construcción de la noche" que, como buena fana de Onetti, he leído apenas salió. O sea que tu novela, la leí sin ningún preconcepto.
La encontré excelente, me gustó muchísimo. Me fascinó la complejidad con la que está construida. Durante unas cuantas páginas no estuve muy segura de comprender, y algunas cosas, directamente no las comprendía. Pero sentí que debía hacer como he hecho con las novelas más densas de Faulkner: seguir leyendo, que en algún momento, las cargas terminarían acomodándose. Y así fue. Y mientras iba leyendo tu libro, ya tenía la convicción de que sería uno de los poquísimos libros que me dan ganas de volver a leer (y prefiero decir "volver a leer", a "releer").
La referencia a Faulkner tiene dos sentidos. El primero, como te decía, esa intuición, esa certeza de que debía dejarme llevar por tu libro. El segundo, el clima faulkneriano que tiene tu novela, dicho esto como un elogio: no es que "se parezca", sino que se respiran equivalencias. El clima y, también, la ética faulkneriana. En ese aspecto, un inmenso mérito es el de no haber sido condescendiente con ninguno de los personajes, no haber cedido al cariño, o a la simpatía, o incluso a la repulsa que podían inspirar. Es un libro de una honestidad implacable.
Hay una diferencia grande con Faulkner: tu estilo es frugal, condensado, y certero.
Al comentar tu libro a otras personas, intenté contarles de qué trataba, y no pude: reducirlo a un argumento lo volvía panfletario, y si hay algo de lo cual tu novela no tiene un gramo, es de panfleto. El haber podido enmarcarte en ese contexto histórico-político para desarrollar y entretejer historias individuales sin caer en lugares comunes ideológicos, sin acercarte nunca a semejante cornisa, es una virtud valiosísima, de ésas que se valoran poco cuando existen, pero se destacan rabiosamente cuando faltan.
No agrego nada más. Esto no es una reseña, ni pretendo que tenga forma de nada. Simplemente me hace sentir bien el decirle a otra persona que me gustó lo que hizo.
Te mando un abrazo,
Sibila.

Al día siguiente, Domínguez me respondió:

Gracias, Sibila, por tu lectura. Las miradas que uno no espera son las más valiosas, y en especial las de esta novela que no se brinda de un modo sencillo al lector y le pide tantas cosas como me exigió a la hora de escribirla. La idea, claro, de que la vida se mueve por malentendidos es deudora de Faulkner y acaso es el lector de Faulkner el que puede mirarla con mejores ojos. Tengo presente sin embargo, algo que dijo una hija de desaparecidos que buscaba a su padre en Olavarría: todos tenían una historia que contar y nadie conocía la verdad. Así que entre Faulkner y las muchas cosas que la dictadura nos arrojó a la cara se urdió esta historia que, decís bien, no tiene otro tema que la novela misma. Me vine a Uruguay en el 89 con una novela un tanto loca y expresionista sobre aquellos funestos años, Bicicletas negras, que publicó Arca y ahora está por reeditarse. Y no regresé a esos años hasta La costa ciega, empeñado en que el horror no me devorara y no me escribiera, no me dictara lo que tenía que decir, contestar o desmentir. Me alegra que lo hayas visto así y poder compartirlo. Unos lectores rebotan contra el narrador, contra lo más esencial de un narrador, que es su necesidad de contar una historia, y otros saben, como vos, llegar más lejos. Me reconcilia con el esfuerzo.
Te mando un abrazo fraterno y agradecido
Carlos

Intercambiamos cuatro o cinco mensajes más, y ahí lo dejé.

Esta semana (finales de abril de 2011), una amiga queridísima me invitó a su 56º cumpleaños, el sábado 23 de abril. Por su historia personal, decidí regalarle La costa ciega. El sábado al mediodía –demasiado tarde por lo que eran mis intenciones– salí de casa rumbo a las librerías de Avenida Corrientes. Empecé por Zival’s: no estaba. Seguí hacia el Obelisco: “No está”; “No la tenemos”; “No nos queda ningún ejemplar”. Así en todas, hasta que llegué a Hernández. Ya tenía el discurso listo: si no estaba la novela de Domínguez, pediría Mil y una muertes, de Sergio Ramírez.
No está”, me dijo uno de los dos vendedores. Ya estaba por pedir el libro del nicaragüense, cuando alguien me tocó el hombro. Me di vuelta: una mujer me dijo “Ahí está”, y me señaló a… Carlos María Domínguez. “¡Carlos! ¡Soy Sibila Camps!” –exclamé, muerta de risa–. Vengo buscando tu libro para regalárselo a una amiga, pero no lo encuentro por ningún lado”. Intercambiamos algunas frases, entre carcajadas, por la casualidad. “¿Viste que no todos son malos entendidos?”, le observé. Me dio la razón. Recuerdo: Domínguez vive en Montevideo.
Pregunté a los vendedores qué librerías me quedaban por recorrer: sólo Cúspide, y un par de locales pequeños. Me despedí de Domínguez y decidí hacer el último intento. En Cúspide, el vendedor que me atendió, buscó en depósito, sin éxito. Fue a otro lugar, revisó con cuidado, y finalmente halló dos ejemplares. “Es para regalo, pero no me lo envuelva, póngame el papel y el moñito aparte –pedí–. Acabo de cruzarme con el autor en la otra cuadra, y quiero ver si todavía lo encuentro para que me lo dedique”.
El vendedor me deseó buena suerte y desanduve el camino. Habían pasado al menos 15 minutos, pero allí estaba todavía Domínguez, en la puerta de la librería Hernández, esperando a alguien (su mujer). “¡Lo encontré! –le dije–. Ahora, tenés que dedicármelo”. Saqué la birome, mientras le contaba quién era la destinataria: Lina Avellaneda, cantante y autora de tangos contemporáneos, amiga entrañable, quien tiene una hermana asesinada por la Triple A –por eso pensé en regalarle este libro–, y que justo hace pocos días tuvo que ir a declarar a la Justicia por esa causa, por primera vez, y recién ahora. Su hermana –le conté–, tenía 23 años, y era delegada por su curso en el Centro de Estudiantes de la Universidad Tecnológica Nacional, Regional Avellaneda, y la UTN había decidido ser querellante en la causa, en el primer caso de una universidad en esa actitud.
Escribió unas hermosas palabras: “Para Lina, esta dedicatoria bendecida por el azar y el destino. Un abrazo fraterno de Carlos María Domínguez”. Nos quedamos charlando un rato más, aludiendo cada tanto a la extraordinaria casualidad del encuentro. “Me puso muy contento tu mail”, me dijo. Me pareció verlo dudar al escribir la fecha: “Hoy es 23 de abril”, le recordé. “Sí, hoy es mi cumpleaños”, respondió. O sea, el mismo día que mi amiga Lina. Y ambos cumplían 56 años.
Si no me creen, les muestro una fotocopia de la dedicatoria.

ADDENDUM:
Esta historia tiene una segunda parte. Mi amiga Lina me instó a escribirla, y compartí con amigas y amigos lo que escribí más arriba; por pudor, no se la envié a Domínguez. Una amiga de Córdoba se la reenvió a su hermana que vive en Suiza, quien acababa de publicar en Argentina un libro sobre los dos años y medio en que fue presa política durante la última dictadura, cuando ella tenía 17 años; y esta mujer me escribió para hacerle una propuesta a Domínguez para difundir “La costa ciega”. La idea me pareció retorcida y estuve a punto de rechazarla por mi cuenta, pero me dije que yo no era quién para decidir por él y, con el asunto "¿Propuesta indecente?", le reenvié el mail.
Con delicadeza, Domínguez dijo que no. Y agregó: "Naturalmente, me da curiosidad la breve historia que escribiste sobre nuestro singular encuentro". Se la mandé: "Te adjunto el registro de nuestro increíble encuentro. No busques literatura, porque no la hay; simplemente conté lo ocurrido, y no hacía falta adornarlo". Su respuesta fue un broche de oro: "Gracias, Sibila, guardaré este recuerdo como un asombroso homenaje al Día Internacional del Libro (¡como si faltaran coincidencias!)".

(*) Sibila Camps (Bs. As., 1951) es periodista y docente en periodismo, especializada en relaciones con los medios, en cobertura y comunicación sobre desastres, y crítica de música popular. Desde 1977 ha trabajado en La Opinión, revista Humor, revista del diario La Nación y la agencia noticiosa ANSA, entre otros; y desde 1983 es redactora full time en Clarín, actualmente en la sección Sociedad. Ha recibido premios y distinciones de las aociaciones ADEPA y SIP.
En el campo de la música ha sido integrante activa de diversos movimientos de apoyo a la música popular argentina, tales como Música­Siempre (equivalente de Teatro Abierto) y Alternativa Musical Argentina.
Como autora, ha publicado los siguientes libros: El Sheriff (Vida y leyenda del Malevo Ferreyra); Periodismo sobre catástrofes (Cómo cubrir catástrofes, emergencias y accidentes en medios de transporte); 1000 trucos para cuidar el centavo y ahorrar tiempo y esfuerzo (libro de servicios); y en coautoría con Luis Pazos, la serie en dos volúmenes Asi se hace periodismo (Manuales prácticos de periodismo moderno y de periodismo gráfico); Ladran, Chacho (biografía de Carlos “Chacho” Alvarez) y Justicia y television (La sociedad dicta sentencia).
Actualmente tiene en preparación su libro sobre el caso Marita Verón y la trata de blancas.
Más información en su página web personal: http://www.sibilacamps.com