martes, 30 de agosto de 2016

Good bye, Mr. Gene


Y
 se fue nomás, a los 83 años, afectado por el mal de Alzheimer.

Era «Jim, el Waco Kid» de Locuras en el Oeste; aquel temible pistolero que había dejado las trifulcas cuando un nene de seis años le habia pegado un tiro en los glúteos llamándolo «cobarde», porque él se había negado a dispararle. Después de eso se había acercado rengueando a un saloon y pidió una botella de whisky; y aún estaría allí de no ser por Bart, el sheriff negro con el cual fumaron porros y salvaron a Rock Ridge del malvado Hedley (no Hedy) Lamarr, para después perderse por los caminos del Lejano Oeste, que transitaron juntos hasta 1992 cuando murió Bart, quien en esta vida de ficción era llamado Cleavon Little.



También fue el doctor Friedrich Fronkonstin, nieto del barón Víctor Von Frankenstein, que en El joven Frankenstein habia dado vida a un hombrote de dos metros de altura injertándole un cerebro subnormal, a causa de su atolondrado asistente Igor. Este, bajo el nombre ficticio de Marty Feldman, había partido en 1982; y «La Criatura», apodada Peter Boyle, se fue en el año 2006. Les sobrevive la bella Inga, aquella mujer de generosos pechos que gustaba cantar con melodiosa y sugerente voz: «A gozar, a gozar, y en el heno retozar”.



Además era aquel brillante ginecólogo de Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo (pero nunca se atrevió a preguntar), a quien había visitado un campesino armenio para consultar los motivos por los cuales su oveja Daisy lo había dejado de amar; y de la cual se enamoró perdidamente, se la llevó a vivir consigo y la perdió en brazos del campesino, para terminar sus días delirando por las calles y tomando «Woolite», un detergente usado para lavar prendas de lana.



Asimismo era el excéntrico industrial del chocolate Willy Wonka, quien ayudado por sus enanos trabajadores Oompa-loompas, logró encontrar en un niño pobre llamado Charly la nobleza moral necesaria para heredar su factoría. Pero la fábrica desapareció —acaso por el efecto tsunami del neoliberalismo— y Charly (en la ficción Peter Ostrum) es hoy un veterinario dedicado a la atención de vacas y caballos.




Con Gene Wilder se retiran de este escenario todos sus personajes, tras la caída del telón que anuncia el final de su obra. Y sin embargo, a pesar de haber sido una comedia, una lágrima pugna por brotar en los ojos del espectador que ronda el medio siglo de vida. Acaso, porque con él se va otro pequeño fragmento de la adolescencia; pero también, un pedacito de esta vida adulta, que él supo hacer —como pocos— siquiera un poquito más dulce.

Adiós, Mr. Gene. Sé que algún día soleado, no se cuando ni sé donde, nos encontraremos en alguna parte.


Horacio Ricardo Silva, 30 de agosto de 2016.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Diciembre de 2001: A catorce años de una odisea argentina.


E
n 1968, el cineasta británico Stanley Kubrick filmó una alucinante película que, con el tiempo, se convertiría en un clásico del cine mundial: 2001, a Space Odyssey. En dicho film, los astronautas de la nave Discovery 1 deben luchar por sus vidas contra la computadora HAL 9000; la cual intenta matar a la tripulación —y en ella a sus creadores, los seres humanos— después de asumirse a sí misma como una entidad autónoma.
En Argentina, los seres humanos crean a sus presidentes mediante el sufragio universal. Pero cuando éstos asumen, se asumen también como entidades autónomas; se divorcian del pueblo que los votó, y aplican políticas económicas que provocan víctimas letales, en los estratos más desprotegidos de la población.
Así ocurrió con Fernando de la Rúa, en 2001; y así podría ocurrir también con el actual presidente, Mauricio Macri, cuya trayectoria y visión política promete remedar aquel infierno.
En los combates del 19 y 20 de diciembre de 2001, el pueblo logró derrocar a la tiranía del presidente De la Rúa; y al grito de “que se vayan todos; que no quede ni uno solo”, hundió a las clases privilegiadas del país en una pavorosa crisis institucional, de la cual les costó ingentes esfuerzos recuperarse.
Hoy se cumplen catorce años de aquella heroica gesta popular, cuyo triunfo costó las preciosas vidas de 39 manifestantes, y la sangre de unos cuatro centenares de heridos en toda la región.
A continuación, un recuerdo de aquellos combates, que conviene mantener frescos en la memoria, por si fuere necesario reeditarlos en esta segunda década del siglo XXI.

Horacio Ricardo Silva, 19 de diciembre de 2015.

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1. Miércoles 19 de diciembre de 2001: El comienzo.[1]

E
staba en su departamento de la calle Yatay, en el tanguero barrio de Almagro, cavilando sobre cómo iba a hacer para conseguir trabajo de una maldita vez —con 42 años de edad, el mercado laboral lo había relegado a la categoría de obsoleto—, cuando empezó a sentir el ruido.
Primero fue un murmullo audible apenas, que luego fue creciendo hasta convertirse en un estrépito, como de tachos batidos con frenesí. Se vistió apresuradamente y bajó hasta la calle para ver qué ocurría: en la esquina de avenida Corrientes, en lugar del tránsito vehicular de siempre, ardían dos pilas de neumáticos incendiados, alumbrando la noche; y entre la negra humareda, se veían pasar cantidad de pequeños grupos de gente, golpeando ollas y cacerolas, caminando por la ancha calzada hacia el centro de la ciudad.
Había algo de mágico e hipnótico en aquella marea humana. No era una marcha de protesta convencional; no había banderas, gritos, cantos ni consignas. Sólo la gente que caminaba, en silencio, castigando con tapas y cucharones sus ya abollados utensilios de cocina. Fascinado por aquel hechizo colectivo se unió a la multitud, sin saber adónde iba, ni para qué.
A lo largo del trayecto se repetía, cada dos o tres cuadras, el espectáculo de las gomas quemadas echando humo; y en cada esquina, vio cómo se incorporaban a la misteriosa procesión nuevos grupos familiares y gente suelta como él, todos equipados con improvisados instrumentos de percusión.
La caminata fue larga; pero sus piernas no sintieron las 45 cuadras de marcha, subyugado como estaba por aquel encantamiento social. Al llegar a la Casa Rosada, las palmeras de la Plaza de Mayo ardían como gigantescas antorchas, alumbrando lo que parecía ser un ritual de aquelarre.



[1] La reconstrucción de los hechos del 19 y 20 de diciembre de 2001 se ha realizado en base a los diarios Página 12 y Clarín, y a los recuerdos personales del autor.

Palmeras ardiendo en Plaza de Mayo la noche del 19-12-2001 (Click sobre fotos para ampliar).

Poco antes de la medianoche, una verdadera muchedumbre ingresaba interminablemente a la Plaza por las diagonales y Avenida de Mayo.[1]
Allí se enteró del por qué de la pueblada: el presidente Fernando de la Rúa había anunciado pot televisión, a las 22.41 hs., que había decretado el Estado de Sitio en todo el territorio nacional. Claro, él no se había enterado porque hacía tiempo que tenía su aparato descompuesto, y no tenía dinero para hacerlo reparar. Sabía, sí, de los saqueos a supermercados que la gente humilde venía efectuando en casi todo el país, ingresando a los locales como una marea incontenible, y dejando vacías en contados minutos las góndolas de los negocios.
El ambiente era pacífico; casi festivo, se podía decir. Alguien empezó a gritar insultos contra el superministro Domingo Cavallo; otro comenzó a denostar al presidente De la Rúa, y un tercero aportó lo suyo recordando a la madre del expresidente Carlos Menem. La multitud se sumó y surgieron las primeras consignas: “¡Que se vayan, que se vayan!”, las cuales “poco a poco se fueron haciendo más ingeniosas y complejas. “Qué boludos, qué boludos, el estado de sitio, se lo meten en el culo” o “Borombombón, borombombón, el que no salta es un ladrón” y siguieron “Si éste no es el pueblo, el pueblo dónde está” o la vieja “¡El pueblo, unido, jamás será vencido!” que era rematado por un estentóreo “¡Argentina!” “¡Argentina!”.[2]
Promediando la noche, emprendió el regreso a pie al departamento de la calle Yatay. En ese momento estaba lejos de imaginar que, al día siguiente, estallaría una insurrección en Buenos Aires; y mucho menos, que él mismo sería uno de los combatientes de la Batalla de Plaza de Mayo y del Combate del Obelisco.

2. Jueves 20 de diciembre: el día en que el cielo se vino abajo.

L
os largos años de aplicación de las recetas económicas del FMI (Fondo Monetario Internacional) en la Argentina, finalmente habían logrado exasperar a la población, cuya situación anímica había llegado a un extremo de tensión insoportable. A la desocupación crónica de los trabajadores, se le sumó una serie de medidas económicas de una prepotencia jamás vista antes en el país: los asalariados no podían retirar todo su sueldo de los bancos, y los ahorristas veían virtualmente confiscada la mayor parte de sus depósitos en divisas: sólo podían retirar una cantidad mínima, y esto, en una moneda nacional con el valor sensiblemente depreciado.
Tras la pueblada del día anterior —un caso inédito en Argentina de desobediencia civil de masas— el ministro Cavallo, responsable de las medidas económicas confiscatorias, se vio obligado a renunciar, tras perder el respaldo político del stablishment.
No obstante, ya era tarde para volver a encamisar las tensiones sociales liberadas. Un pavoroso Maëlstrom[3] social se había desatado en Buenos Aires, como no se había visto desde los luctuosos sucesos de otro verano porteño, el de la Semana Trágica de enero de 1919.


[1] BRUSCHTEIN, Luis: La chispa que encendió la mecha. En Página 12, 21-12-2001.
[2] Idem nota anterior.
[3] Gigantesco y vertiginoso remolino del Mar de Noruega, antaño muy peligroso para la navegación, que inspirara a Edgard Allan Poe su famoso cuento Un descenso al Maëlstrom.

Barricada sobre Diagonal Norte, 20-12-2001.


La Batalla de Plaza de Mayo

E
l amanecer encontró en ese sitio histórico a medio centenar de personas, militantes de diversas fuerzas políticas, que se habían quedado allí desde la noche anterior. En el transcurso de la mañana, fueron llegando al lugar un grupo de adictos al militar “carapintada”[1] Seineldín, y las Madres de Plaza de Mayo, acompañadas por jóvenes militantes de derechos humanos. La policía inició entonces una carga sobre ellos, logrando desalojarlos de la Plaza.


[1] Los “Carapintada” eran grupos de militares pertenecientes al Ejército Argentino, que protagonizaron sublevaciones armadas durante los gobiernos de Raúl Alfonsín (1987) y Carlos Menem (1990), en demanda de mejoras económicas y de obtener salvoconductos legales para evadir su responsabilidad en la sangrienta represión de la última dictadura militar (1976-1983). Se los conocía por ese apelativo, debido a que salieron a la calle en uniforme de combate, y con el rostro camuflado, o “pintado”.


Represión a las Madres de Plaza de Mayo, 20-12-2001.


H
acia el mediodía, Las Madres regresaron a ocupar su posición; era jueves, el día en que realizaban su tradicional ronda alrededor de la Pirámide. Convergieron con ellas una miríada de empleados y empleadas de la zona, que salían de la oficina en el horario de almuerzo; las consignas de la noche anterior se volvieron a escuchar, y fueron coreadas con entusiasmo por todos: Madres, jóvenes, jubilados, y hasta por los serios hombres de traje y maletín, y las chicas de elegantes minifaldas.
La batalla comenzó en ese momento, cuando una avanzada de caballería atropelló brutalmente a los manifestantes, golpeando con sus látigos a diestra y siniestra; la imagen parecía sacada de una antigua película de Serguei Eisenstein, o de un documental sobre la última dictadura militar.
Las cámaras de televisión transmitieron en directo cómo la Policía Montada golpeaba salvajemente a las Madres de Plaza de Mayo, y las pisoteaba con los cascos de sus caballos, todos envueltos en una densa nube de gases lacrimógenos; esa imagen arrancó de sus hogares a centenares y miles de personas en toda la ciudad y sus alrededores, que concurrieron al lugar dispuestos a protestar contra semejante brutalidad.
Los manifestantes se dispersaron, y las Madres se replegaron. La Policía acordonó entonces con vallas el perímetro de la Plaza, y desde ese momento y por durante siete largas horas, nutridos grupos de manifestantes pugnaron por recuperarla; avanzando y arrojando palos y piedras, para luego replegarse ante los cartuchos de gas —que devolvían de una certera patada en dirección a los uniformados—  y las balas de goma antitumulto (AT).

Sobre el pavimento, piedras arrojadas sobre la policía, un cartucho policial, y un elocuente cartel.

Luego de armar barricadas con tachos de basura incendiados —el fuego dispersa los gases—, de refrescarse con limón y de taparse la cara con la propia remera mojada—el agua era provista por los vecinos u obtenida de los grifos en la calle—, los manifestantes volvían a cargar tenazmente sobre los uniformados, en una suerte de ballet bélico que duró toda la tarde, y que se extendió a las adyacencias de la Plaza de Mayo, Congreso, y el Obelisco.

Combatientes anónimos defendiendo una barricada.

La Batalla del Congreso

I
dénticas imágenes como las descriptas más arriba, se sucedieron a partir de las 14 hs. frente al Congreso de la Nación, cuando una carga policial se abalanzó sobre una columna de partidos políticos de izquierda que iniciaba su marcha en dirección a Plaza de Mayo; volaron piedras, palos y adoquines, y se armaron barricadas con basura y los bancos de la plaza.
Los ómnibus y automóviles que circulaban por allí quedaron atrapados entre las dos fuerzas beligerantes; con estupor, conductores y pasajeros veían cómo los piedrazos y las granadas de gas volaban por encima de sus vehículos.
Un grupo de manifestantes se desprendió del campo de batalla, y procedió a atacar el local central de la Unión Cívica Radical, partido de gobierno al que pertenecía el presidente De la Rúa.
Lsa hostilidades, entre avances y repliegues, fueron sostenidas por ambos bandos y no terminó hasta el anochecer de aquel día agitado.

El Combate del Obelisco

O
tro nutrido núcleo combatiente, conformado por grupos replegados de la Batalla de Plaza de Mayo y por recién llegados con ansias de combatir, tomó en las primeras horas de la tarde la zona del Obelisco, en la confluencia de las avenidas Corrientes y 9 de Julio.
Su primera acción bélica fue el ataque al local de la cadena Mc Donald’s, de donde se extrajeron bolsas enteras de agua mineral, de pan y de queso para hamburguesas, abiertas y distribuidas rápidamente de mano en mano, y con las cuales se preparó un improvisado rancho; a nadie se le ocurrió asaltar las cajas en busca del dinero de la empresa norteamericana.
Cuando llegaron los efectivos policiales, los manifestantes cruzaron la ancha avenida 9 de Julio —en medio de la cual se halla la Plaza de la República— y atacaron el local de la empresa de correo privado OCA, destrozándolo por completo y prendiéndole fuego a cuatro camionetas de la firma, las que quedaron ardiendo en la calle.[1]


[1] La empresa OCA se suele sindicar como perteneciente al desaparecido empresario Alfredo Yabrán, quien tenía importantes vínculos con el poder, y que había sido denunciado como narcotraficante por el entonces ministro Cavallo. Asimismo, en el imaginario popular se responsabiliza a Yabrán por el crimen del fotógrafo José Luis Cabezas, en 1997. Esta imagen negativa podría explicar la saña con que fue atacado el local de la empresa.

Camioneta de OCA ardiendo durante el Combate del Obelisco.

Mientras la policía se hacía fuerte a la vera de Mc Donald’s, acantonada detrás de sus carros de asalto, los combatientes se desplegaban en grupos en las inmediaciones de la plaza.
El Combate del Obelisco fue, de todos, el que más se pareció a un enfrentamiento militar. Ambos bandos mantenían posiciones fijas. Las cargas de los manifestantes, cruzando a la carrera la plaza de la República para atacar a las fuerzas policiales en medio de una lluvia de palos y piedras, al grito de ¡Vaaamoooooos!”, semejaba a un asalto de trincheras en la I Guerra Mundial.
Fue también el único enfrentamiento en el cual la policía se mantuvo atrincherada en su posición, sin salir al asalto de su enemigo, limitándose a rechazar las cargas de los manifestantes con gases y balas.

Entrada en combate de un regimiento de caballería popular

H
acia la mediatarde medio centenar de motoqueros afiliados al SIMeCa[1], montando sus poderosas motocicletas, hicieron su aparición desplegándose por todo el teatro de operaciones, siendo recibidos con aplausos y vítores por los manifestantes.
Su imagen tenía algo de épico: las motos, tripuladas de a dos, con la bandera argentina desplegada al viento, cargaban su rugiente furia sobre la Policía Montada, poniéndola en fuga; recorrían las calles alertando a los manifestantes sobre el movimiento de las fuerzas enemigas; repartían aquí y allá agua y limones con que soportar el escozor de los gases; o apedreaban a la infantería, desapareciendo velozmente al terminarse la munición.


[1] Sindicato Independiente de Mensajeros y Cadetes, por entonces una joven organización gremial aún no reconocida por el Estado, que nuclea a “motoqueros” (mensajeros en moto), y repartidores de delivery.

Caballería popular ocupando el Obelisco.

Su llegada era vista, igual que en las viejas películas del Oeste, como la aparición del 7º de Caballería; pero no se vive la rebelión impunemente, de cara a la represión. En una arremetida de esta auténtica caballería popular, sobre policías que retrocedían en avenida de Mayo y Tacuarí, uno de ellos hizo rodilla en tierra y disparó su arma, matando al joven motoquero Gastón Rivas, quien cayó de su moto en marcha, para quedar tendido en el pavimento. En su bolso quedaban el handy encendido, y la correspondencia que no llegó a entregar jamás.[1]

Cese de las hostilidades – la caída del gobierno

E
n esos momentos, el presidente De la Rúa volvía a hablar por televisión, pidiéndole a la oposición peronista “que ofreciera una respuesta para armar un esquema de coalición, que hiciera frente a la crisis”. La respuesta le llegó casi de inmediato a su jefe de gabinete, Chrystian Colombo: “No, Chrystian... Me parece que ya es tarde para probar con algo así”.[2]
Los informes eran contundentes: la batalla continuaba con mayor ardor en las calles, y los saqueos de negocios seguían produciéndose en todo el país. Triste, solitario y final, abandonado de todos y por todos, repudiado por la aplastante mayoría del pueblo argentino, De la Rúa firmó su renuncia a las 19.45 hs. de ese caluroso jueves 20 de diciembre de 2001.


[1] El SIMeCa decidió fijar el 20 de diciembre como “Día del Mensajero”, en homenaje a Rivas. Años después, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires declararía oficialmente la fecha por ley 1851, en reconocimiento a la destacada acción desplegada por los motoqueros en esa fecha crucial.
[2] GONZALEZ, Fernando: De la Rúa renunció, cercado por la crisis y sin respaldo político. En Clarín, 21-12-2001.

El ex presidente De la Rúa abandona la Casa Rosada en helicóptero. Eran las 19.52 horas del jueves 20 de diciembre de 2001.

El costo de la victoria fue muy alto: 39 manifestantes muertos y unos cuatrocientos heridos en todo el país. Al día siguiente, los diarios reproducían una declaración de la norteamericana Anne Krueger: “El FMI no tiene la culpa por los problemas argentinos”.[1]

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Epílogo (ma non troppo)

Hoy, 19 de diciembre de 2015, Argentina se encuentra gobernada por un presidente que enarbola los mismos principios económicos que el ex ministro Cavallo. Será cuestión, entonces, de que los afectados por estas políticas, sepan levantar —cuando llegue el momento— las banderas de los insurrectos de 2001. Pero con un grado mayor de organización; para que esta vez, y de una vez y para siempre,  se haga realidad aquel  que se vayan todos / y que no quede ni uno solo.♠


[1] Nota de Ana Baron En Clarín, 21-12-2001.



jueves, 30 de abril de 2015

HISTORIA DEL 1° DE MAYO: DE JORNADA DE LUCHA, A “FIESTA DEL TRABAJO”

Cartel de convocatoria al acto del 4 de mayo de 1886, redactado en inglés y en alemán.

C
ada 1° de Mayo la gente sencilla, trabajadora, se dispone a gozar de un día de descanso; acaso un asado con los amigos, o simplemente quedarse en casa con la familia. Pero la historia de esta fecha universal, es una historia de sangre y dolor; conmemora la lucha por la jornada de ocho horas de trabajo, y el ahorcamiento de aquellos obreros que, en 1887, dieron la vida por conquistar este derecho laboral, que hoy figura en la legislación de casi todos los países del mundo; aunque en pleno siglo XXI, no se aplique para la mayoría de los trabajadores.
Esta historia, que ha sido ocultada y tergiversada a lo largo de más de un siglo, está dedicada a los trabajadores de San Rafael, y —por qué no—del mundo entero.

Origen del 1° de Mayo: Chicago, EEUU, 1886

L
as condiciones de explotación laboral en aquella época, eran en verdad inhumanas; tanto en los EEUU como en Argentina, y en todas partes del mundo. Las jornadas de trabajo obligatorias promediaban las 14 o 16 horas diarias, sin vacaciones ni aguinaldos, sin licencias por enfermedad, y con un régimen de días francos sumamente limitados: en el Reglamento de la fábrica de Vasena (1919), por ejemplo, puede leerse en el artículo 4°:

“Serán días feriados, además de los Domingos, los siguientes: Año Nuevo, Navidad, 25 de Mayo y 9 de Julio”.[1]

Con el agravante que, a voluntad del patrón, era obligatorio ir a trabajar algunos domingos y feriados, sin derecho siquiera a percibir el pago de horas extras.
En los EEUU esta situación encontraba una fuerte resistencia en los trabajadores, en especial los de ideología anarquista; que sostenían la necesidad de eliminar la explotación del hombre por el hombre, para dar paso a una sociedad fraternal, donde todos fueran “libres e iguales”, tanto en lo jurídico como en lo económico y social.
Cansados de vivir para trabajar, en lugar de trabajar para vivir, los anarquistas norteamericanos organizaron una gigantesca huelga general por las ocho horas, que comenzó —con todo éxito— el 1° de mayo de 1886: 350.000 trabajadores, pertenecientes a 12.000 fábricas, paralizaron ese día sus tareas.
En la ciudad de Chicago, Estado de Illinois, la huelga encontró una decidida resistencia por parte de las autoridades y de los empresarios industriales: los detectives de la famosa agencia Pinkerton —aquella que existe aún hoy, y que se vanagloria de haber asesinado a Butch Cassidy y Billy the Kid en Bolivia— ametralló sin piedad los concurridos mitines obreros por las ocho horas, con un saldo de decenas de obreros muertos, y cantidad de heridos. Esto provocó, por su parte, la furia de algunos trabajadores, que decidieron por cuenta propia, que ya no iban a ser fusilados impunemente.
El día 4 de mayo se realizó un multitudinario mitin de protesta por los asesinatos, en el concurrido centro comercial Haymarket Square, en la calle Randolph, de la ciudad de Chicago.
El acto se desarrollaba de manera pacífica; y en determinado momento, oscurecieron el cielo negros nubarrones, que presagiaban tormenta. La mayoría de los asistentes al acto se retiraron, quedando solamente los oradores y un grupo de unos 300 hombres, escuchándolos a pesar del mal tiempo.
El reloj daba ya las diez y media de la noche, cuando el capitán William Ward, a cargo de las fuerzas policiales, ordenó disolver el acto, a pesar de que los obreros no habían perturbado el orden público en ningún momento. El orador que hablaba en esos momentos, Samuel Fielden, replicó desde la tribuna: “¿Por qué, capitán? éste es un  mitin pacífico”. No obstante el capitán repitió la orden, a la cual Fielden contestó: “de acuerdo, nos iremos”.
Pero entre el público hubo alguien —nunca se supo quién fue— que decidió enfrentar la prepotencia de aquel miserable oficial de policía, que quizá sólo quería dar por terminado el acto, para volver a su casa tranquilamente a cenar.
En ese instante, cruzó la oscuridad del espacio un cuerpo luminoso, un “demonio silbante” —como le llamaron después, en el juicio— que cayó en las primeras filas de los efectivos policiales, produciendo un estruendo atronador. Era una bomba justiciera, que clamaba por las vidas obreras segadas en los días previos, y por la interrupción autoritaria del mitin obrero.
Tras la violenta explosión, que provocó una herida mortal en el agente Matthias J. Degan, reinó el caos entre las fuerzas policiales; una vez dispada la nube de humo y polvo, los sobrevivientes se dedicaron a ametrallar, si ton ni son, en todas direcciones, haciendo blanco en sus propias filas. Como resultado de este trágico hecho, quedaron tirados en la calle Randolph los cuerpos de unos sesenta policías, siete de los cuales murieron en las horas subsiguientes.
Como consecuencia de estos hechos, las autoridades detuvieron y procesaron a los oradores del mitin, acusándoles del asesinato del agente Degan. En un juicio completamente amañado, sin garantía alguna para los acusados, el Poder Judicial norteamericano condenó a la pena de muerte en la horca al obrero nortemaericano Albert Parsons, y a los trabajadores alemanes George Engel, Adolf Fischer, August Spies y Louis Lingg. Este último consiguió suicidarse en su celda antes de ser ejecutado, para no darle gusto al Estado, de asesinarlo.
Además, se condenó al trabajador inglés Samuel Fielden y al alemán Michael Schwab a cadena perpetua; y al obrero norteamericano Oscar Neebe, a 15 años de trabajos forzados.
Los Mártires de Chicago

El 11 de noviembre de 1887 se ejecutó a los cuatro anarquistas. Las crónicas de época relatan que, al llegar el momento fatal para los condenados, Fisher entonó La Marsellesa, y sus compañeros se le unieron en el canto; que resonó con vibrante eco en las calles de Chicago, y en los corazones de los trabajadores.
La indignación de los trabajadores de todo el mundo por este asesinato de Estado, finalmente se hizo sentir. El Congreso Internacional de trabajadores, celebrado en París en 1889, resolvió organizar “una gran manifestación internacionalcon fecha fija de manera que, en todos los países y ciudades a la vez, el mismo día convenido, los trabajadores intimen a los poderes públicos a reducir legalmente a ocho horas la jornada de trabajo”. La fecha elegida, en honor de los Mártires de Chicago, fue el 1° de mayo de 1890.
La presión obrera se hizo sentir hasta tal punto que, seis años después de los hechos, el gobernador de Illinois accedió a que se revisara el proceso judicial. De esa manera, en 1893 quedó establecido que los ahorcados no habían cometido ningún crimen, y que “habían sido víctimas inocentes de un «error» judicial”. No hubo tal «error»; el Estado necesitó dar un brutal escarmiento a los trabajadores y a los anarquistas, por el delito de rebelarse a la explotación. Y no vaciló en falsear las pruebas necesarias, para conseguir sus fines.

El 1° de Mayo en Argentina


C
onforme a lo resuelto por el Congreso Internacional de París, los trabajadores argentinos celebraron un mitin en Buenos Aires, el 1° de mayo de 1890. El acto, al cual concurrieron unos 3.000 obreros, se realizó en el Prado Español; los oradores se dirigieron al público en castellano, italiano, inglés, alemán y francés. Ya entonces, los socialistas criollos —en abierta oposición al espíritu de protesta de la jornada— habían convocado a sus seguidores a concurrir, bajo el lema: “Día de Fiesta Obrera Universal
Pero al año siguiente los anarquistas locales cambiaron el rumbo, volviendo al espíritu original; y convocaron a una huelga general para el 1° de mayo de 1891. Los socialistas decidieron no unirse a la protesta, prefiriendo festejar “el día de la fiesta del trabajo en reuniones particulares”.
Desde entonces, y por cuarenta años más, predominó la prédica anarquista. Basta con leer lo diarios de época, en especial las ediciones del 2 de mayo de cada año, para comprobar la celebración de huelgas generales de protesta, con su secuela de muertos, presos y heridos. Fue particularmente célebre la represión a la huelga del 1° de Mayo de 1909, ejecutada por el coronel Ramón L. Falcón, que costó la vida a ocho obreros; pero que le produjo a él también la muerte, cuando el joven trabajador Simón Radowitzky le arrojó una bomba al paso de su carruaje, en aplicación de la Ley del Talión por los trabajadores asesinados.
Y así fueron pasando los años; cada 1° de Mayo representaba un dolor de cabeza para las autoridades y los empresarios, y una estadía en la cárcel para los trabajadores más testarudos.
Pero no faltaron estadistas que entrevieran una hábil manera de conjurar el problema: para acabar con las huelgas generales, era necesario retomar la idea de los socialistas, y decretar al día como feriado nacional.
 El primer presidente que aplicó este precepto fue el Marcelo T. de Alvear, quien decretó que el 1° de mayo de 1925 sería “día de fiesta en toda la República”. Le siguió en 1930 el presidente Hipólito Yrigoyen, quien también declaró a la fecha como feriado festivo.
Pero en septiembre de ese mismo año, sobrevino el primer golpe de Estado de la historia argentina. Pasados los primeros años de terror —en esa época se inventó y puso en práctica el uso de la picana eléctrica— el movimiento obrero comenzó a levantar nuevamente cabeza; y nuevamente, se retomó la tradición de la huelga general cada 1° de Mayo.
La última de ellas en el país, se celebró el 1° de mayo de 1943. Un mes después, se producía el golpe de Estado que entronizó nuevamente a los militares en el poder; y entre los cuales, descollaba el coronel Juan Domingo Perón, flamante secretario de Trabajo y Previsión.
Desde la Secretaría, el joven oficial inició una política de captación del movimiento obrero, que lo convertiría en el presidente más popular que tuvo la Argentina en toda su historia. Pero en su proyecto no cabían huelgas de ninguna clase; los trabajadores debían subordinarse a su liderazgo paternalista, y olvidar para siempre las “ideologías extranjerizantes” de confrontación con el capítal.
Para ello, el gobierno de facto retomó en 1944 la vieja idea socialista, y la experiencia previa de los gobiernos radicales, a través de un documento del Poder Ejecutivo, que rezaba: “consagrado por tradición universal el 1º de Mayo como día de descanso al trabajo, se declara a esta fecha día de fiesta en toda la República”.
Esta falsificación del significado de la histórica jornada, que echaba tierra sobre el legado de los Mártires de Chicago, fue refrendada por el discurso que ofrecieron el coronel Perón y el general Edelmiro J. Farrel aquel 1° de mayo de 1944, en el que se resaltaba el “carácter argentino” del movimiento obrero, y el repudio por las “ideologías extranjerizantes” que debían erradicarse definitivamente del país.

El peronismo transformó el significado del 1° de Mayo; pero la mayoría de los trabajadores no gozan, en la actualidad, de justas condiciones de trabajo. 

Como se sabe, los acontecimientos que llevaron a Perón a la presidencia de la Nación dividieron la historia del país en un antes y después de él.
En 1954, poco antes de su caída, el Vaticano apoyó a nivel mundial el carácter festivo de la jornada, cuando el papa Pío XII declaró al 1º de Mayo “Día de San José Obrero”.
Tras el derrocamiento de Perón, los golpistas de la “Revolución Libertadora” consideraron oportuno mantener la fecha como feriado, y refrendaron esa decisión en 1956 mediante el decreto-ley N° 2446.
De esa manera se mantuvo el feriado en la legislación argentina, hasta que la dictadura militar de 1976 lo incluyó junto a otros días no laborales, en el decreto-ley Nº 21.329, del 9 de junio del mismo año. Cabe destacar que ese mismo decreto abolía, por omisión, el tradicional feriado de los carnavales.

El 1° de Mayo hoy, en los albores del siglo XXI
 
Para la mayoría de los trabajadores ya no existe trabajo en blanco, vacaciones, aguinaldo, ni obra social .
E
n los párrafos precedentes se ha reseñado el origen de esta fecha histórica, y su posterior tergiversación. A lo largo de más de un siglo, los trabajadores lucharon denodadamente cada 1° de Mayo, por el reconocimiento de sus más elementales derechos; y muchos de ellos, perdieron la vida o la libertad. Pero hoy, en 2015, ¿se han conseguido aquellos anhelos?
Basta una mirada de frente a la realidad, para constatar que esto no es así. Sobre todo en San Rafael, ciudad que pareciera ser la Meca de todo empresario o dueño de un comercio, carente de responsabilidad social.
Las leyes laborales no se respetan prácticamente en ningún gremio del Departamento. El trabajo en negro es la práctica más habitual; el maltrato laboral, está a la orden del día. Las ocho horas legales, apenas si son aplicadas en las dependencias del Estado. Y a nadie se le ocurre la peregrina idea de reclamar lo que le corresponde por ley; el pueblo está lleno de desempleados, que ocuparían su puesto en un abrir y cerrar de ojos, y por un salario sensiblemente menor.
Vale decir, pues, que la lucha de los Mártires de Chicago, a 128 años de su ejecución, no ha terminado todavía. Es de esperar que, algún luminoso día, los trabajadores sanrafaelinos vuelvan a retomar las banderas históricas del 1° de Mayo. No las del asado con partido de fútbol, sino las verdaderas, las reales: las de la lucha contra lo que los anarquistas llamaban, con justicia, “la ignominia de la explotación”. Porque el último acto de este drama, aún no ha sido escrito.♦

 Horacio Ricardo Silva, 30 de abril de 2015.




[1] SILVA, Horacio Ricardo: Días rojos, verano negro. Bs. As., Anarres, 2011. Pág. 79

miércoles, 25 de febrero de 2015

LA FASCINANTE VIDA DE CARLOS VIDALES (25-2-1939 / 7-11-2014)



 
Carlos Vidales - su última foto de perfil en Facebook.


A
l abrir esta mañana el Facebook de cada día, me encontré con la clásica notificación: “Hoy es el cumpleaños de Carlos Vidales - escribe en su biografía”.
Con un dejo de tristeza, me dispuse a escribir estas líneas en su memoria; Carlos falleció en Estocolmo el pasado 7 de noviembre. Justo, el día en que me hallaba en la ciudad de Reconquista presentando mi libro “Días rojos, verano negro” junto a Roberto Perdía, un ex jefe guerrillero como él.
Poeta, escritor, historiador y periodista colombiano; amigo personal de Pablo Neruda y Salvador Allende, y ex funcionario de su gobierno; colaboró con la última guerrilla de Ernesto “Che” Guevara en Bolivia; fue miembro dirigente del movimiento guerrillero M-19 en su país; se exilió en Suecia desde 1980, por estar en desacuerdo con la política de secuestros de su organización, tras la ejecución del burócrata sindical José Raquel Mercado.
Lo conocí vía internet demasiado tarde, en agosto de 2014, a través de mi querida amiga, la periodista cubana Amparo Ballester López, que lo adoraba: fue Carlos quien le sugirió el nombre “VerbiClara” para su popular blog, uno de los más visitados de la Isla.
Le había pedido a Amparo que me lo presentara virtualmente, fascinado por  su historia y la de su padre, el poeta Luis Vidales, que fue el primer secretario general del Partido Comunista colombiano. Mi intención era escribir una serie de artículos sobre temas puntuales en los que fue protagonista, como la preparación de la guerrilla del Che en Bolivia, la amistad con Allende, y sus vivencias como funcionario del gobierno de la Unidad Popular.
Carlos respondió a mi mensaje con suma cortesía y generosidad, adelantándome algunos materiales ya publicados sobre su historia, y prometiendo contarme en detalle aquellas vivencias, y muchas otras más; pero su muerte tronchó la concreción de ese proyecto.
"Vino que me hiciste mal / y sin embargo te quiero / porque eres el mensajero / del alma de Omar Khayyam".
De modo que hoy, en su memoria, transcribo algunos párrafos que tenía en archivo para aquellos artículos que no pudieron ser, y que considero de sumo interés:

—Sobre el Che - (Email del 17/8/2014):

“Muy brevemente, Horacio: Sobre el Che tengo muy poco que decir. Participé en algunos de los preparativos de la guerrilla de Salta, y en una de las redes de apoyo al Che desde Córdoba. Cuando por fin ingresé a territorio Boliviano, el Che ya estaba en vísperas de su muerte. Quedan en Córdoba algunos compañeros de aquella época, con buena visión crítica (en mi opinión) y otros completamente convertidos al culto capitalista (también en mi opinión)”.

—Sobre Allende y la Unidad Popular – (Email 17/8/2014):

“Sobre Allende tengo mucho más que decir. Publiqué en 1974 un libro sobre el proceso de derrocamiento de la Unidad Popular, “Contrarrevolución y dictadura en Chile”. Mi libro contiene muchos errores; entre ellos, lo relativo a la muerte de Allende. Fue escrito en el ardor de la ira y la impaciencia frente a los golpistas y con la información de que entonces se disponía. Me equivoqué tamnién en mis pronósticos, porque no imaginaba entonces que el Partido Socialista iba a caer en los abismos de la traición y la componenda. Pero también contiene verdades, y por ellas vale”.

(Extraído del artículo “Las múltiples vidas de 2 Vidales”, publicado en la revista colombiana de cultura “El malpensante”):

“Estuve en el Palacio de La Moneda hasta las ocho de la mañana. Salí de allí, antes del cerco de los golpistas, para quemar cinco archivos que tenía en oficinas distribuidas cerca del Palacio, pues contenían miles y miles de direcciones y nombres que no debían caer en manos de los asesinos. Luego, junto con otros compañeros, tuvimos que abrirnos camino a tiros para salir del centro de la ciudad.”
 
"Santiago de Chile, 1972. Así era yo cuando trabajaba con Salvador Allende".
—Sobre su actuación en el M-19 colombiano, y su exilio en Suecia (de “El Malpensante”):

“Después del golpe militar en Chile fui repatriado a Colombia –o expulsado, según se mire– y perdí todo lo que tenía. Los organizadores de la revista Alternativa me invitaron a participar en ese proyecto y fui nombrado jefe de redacción. Al mismo tiempo, Jaime Bateman hizo contacto conmigo y, con su enorme simpatía, amplitud y generosidad, me sedujo y quedé reclutado como militante del M-19, que estaba preparando por entonces el operativo de la espada de Bolívar. Trabajé con dos identidades y a veces con tres: dentro del M-19, como miembro de la dirección nacional y encargado de tareas de educación y propaganda; en la vida “legal”, como periodista, historiador y conferencista, y además como miembro de la dirección de Anapo Socialista”. (...)

“Me fui del M-19 en diciembre de 1979 porque jamás pude aceptar los secuestros, nunca apoyé el asesinato de José Raquel Mercado y siempre estuve en desacuerdo con la aventura del Cantón Norte. En suma, se acumularon las contradicciones y salí del país para no regresar nunca. He mantenido silencio sobre el funcionamiento interno del M-19 por respeto a tantos compañeros que entregaron abnegadamente sus esfuerzos, y hasta su vida, en la honrada creencia de que lo hacían por la construcción de una sociedad justa. No obstante, me resultó imposible compartir lo que me parecían errores de gran calibre”. (...)

“Brevemente: los secuestros son, en mi opinión, incompatibles con la conducta revolucionaria porque son un crimen contra la humanidad. Las masacres de indígenas, lo mismo. Los reclutamientos forzosos de niños, lo mismo. Mantener “prisioneros de guerra” durante años y décadas, lo mismo. Sembrar los campos de minas antipersonales es un crimen contra la humanidad. Extorsionar a la población civil es un crimen contra las normas de la guerra revolucionaria. Quien hace esas cosas no está actuando como un revolucionario, está actuando como un bandido, un señor de la guerra. Vengo diciendo esto desde hace más de veinte años y la respuesta ha sido una montaña de calumnias, injurias y hasta terrorismo telefónico: durante diez años me han llamado a mi casa, en mitad de la noche, para decirme que me van a “ejecutar”. ¿Es esta la conducta de quienes luchan por la construcción de una “sociedad justa”? 


—Una mirada retrospectiva sobre sí mismo — (de “El Malpensante”):

“Yo fui un niño feliz hasta los ocho años y muy infeliz entre los ocho y los quince. Mantengo vivas, por eso, muchas de mis ilusiones, dudas y vacilaciones no resueltas de la adolescencia. A veces preferiría hablar de otro asunto: ¿cómo veía el niño Carlos Vidales su futuro como adulto? Me gustaba pensar que en el año 2000 tendría 61 años, que estaría vivo y que pensaría esto o aquello, y actuaría de esta o de esta otra manera. Hoy, a los 73 años, me complace constatar que no me equivoqué en las cosas esenciales. Nunca me vi como empresario, hombre de negocios, empleador, capitalista, terrateniente, burgués. Creo que ese niño que fui tenía algunas ideas fundamentales bastante claras”.


Horacio Ricardo Silva, Salto de las Rosas (San Rafael, Mendoza, Argenina). 25 de febrero de 2015.