jueves, 17 de febrero de 2011

Hombre Nuevo


Este cuento, que en honor a la verdad no es tal, refleja cómo fue vivido el asesinato de Ernesto "Che" Guevara en octubre de 1967 por un niño cordobés y su pequeña hermanita,  la hoy periodista Silvia Sassola, quien desde su programa mendocino "La Posta" sigue demostrando cómo aún se puede ejercer con absoluta dignidad, lo que Rodolfo J. Walsh llamó "el violento oficio de escribir".
El programa puede sintonizarse de lunes a viernes de 16 a 19 hs. , por FM 96.5 Radio Universidad de Cuyo (Mendoza), o en internet a través del siguiente link:


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En memoria de Ernesto "Che" Guevara.


— ¡¡¡ Dale, andá  y pedile a la mamá una vela!!!

— Mamá, dice Juanchi que me des una vela!!!

— ¿Otra vez?, decile a tu hermano que basta de jugar con las velas y de paso que tire ese dibujo que hizo a la basura.
Juan Carlos dibujaba de forma extraordinaria, son esos dones innatos  que no había estudiado, tenía casi doce años y yo tan sólo cinco, pero cuando nos sentábamos a la mesa para hacer los deberes del cole, él sólo quería dibujar y siempre la misma figura, algo así como un rostro en sombras que luego prolijamente recortaba, y era la figura que ponía delante de la vela, para hacerla crecer a su luz.
Así se agrandaba o achicaba, según la vela estuviera más cerca o más lejos del recorte; y el lugar ideal para hacer esto era una pared grande de casa, donde mamá colgaba los retratos de los abuelos y familiares.

— ¡¡¡ Mirá, Pinina (así me llamaba mi hermano para enojarme) esa cara!!! ¿Sabés de quién es? adiviná... ¿lo conocés? ¿te da miedo?

— No, no sé quién es, pero no tengo miedo porque vos estás conmigo y porque es una sombra que hacés vos.

— Vio doña María, los chicos juegan con esa imagen; sería mejor que les dijéramos que no lo hicieran, con cualquier excusa. Quíteles la cartulina y después la rompe y la tira, o mejor la quema, sí? ...No sea que nos pase algo si hay algún problema con el gobierno, y cómo explicamos que es sólo un juego de chicos que no saben quién es ese hombre.

— ¿Sabe qué pasa, Nelly? ...si los bambinos me preguntan, ¿qué les digo?

— Doña María, dígales que con eso no se juega, que es la sombra de la cara del cuco, o mejor del viejo de la bolsa; pero por favor, mientras hago la comida, usted que es la nona, quíteselas y tírela.

Por esos días, Córdoba pasaba tiempos difíciles; mi familia prácticamente sobrevivía y casi el único divertimento que teníamos con mi hermano era esperar la tardecita para ir con la famosa vela a reflejar la imagen, pero claro: encontrar una vela era toda una ingeniería que empezaba en la misión imposible de entrar a la habitación de la nona María, esa gringa gigante que nos amaba y consentía en todo momento y lugar.

— Y, Pinina: ¿cuándo vas a aprender el nombre del comandante?

— ¿Cómo cuándo, si yo ya sé que se llama...ehhhh....ah me acordé, se llama: Ernesto.

— Sí se llama Ernesto, pero ¿sabes cómo le dicen?

— No.

— Le dicen Che. A Ernesto todos le dicen Che.

Ese es el  primer recuerdo que mi memoria encuentra como unidad entre el rostro y el nombre del tal Che, que para mi hermano era un verdadero símbolo de la rebeldía, aunque tan sólo tuviera él sus ilustrados doce años.
La radio contaba las peripecias que vivían un grupo de guerrilleros en Bolivia, comandados por Ernesto Che Guevara; y para Juan Carlos, era como oír las aventuras de Tarzán en la selva. La radio hablaba del monte, de lugares de difícil llegada, y en su imaginación Bolivia era como esas imágenes de la serie de la tele en África.
Yo creo que me contagié en la imaginación o no sé cómo explicar la llegada de ese Che a mi primer recuerdo de infancia.
Con el tiempo esas imágenes y las ideas infantiles maduraron hasta convertirse en esto que hoy siento y pienso del Che.
La famosa cartulina fue quemada, y todos los dibujos que teníamos de él, tirados. Ya se hablaba de que había muerto el Che, que eran pocos contra muchos, que estaba casi solo en la selva sin comida ni agua, que no tenías armas y que el ejército de ese país los tenía cercados; que todo había terminado porque el cabecilla, el líder de esa gente (que nosotros dos, mi hermano y yo, no sabíamos bien entonces que hacía), estaba bien muerto.

— Nunca vamos a contarle a nadie nuestro secreto, Pinina, ¿sabés?

— Bueno.

— Mirá, me guardé esta hoja de calcar y tengo tijeras y papel para hacer una nueva.

— Pero Juanchi... ahora sí me da miedo; si está muerto, vos lo traés con la sombra? Yo le escuché decir a la mamá que ya está con Diosito.

— No sé dónde está, pero no te tiene que dar miedo; él era el bueno, y malos los que lo mataron.

Esas palabras de mi hermano aún hoy vienen a mi mente. El no era malo...entonces ¿por qué lo mataron?
Así la pregunta rondaría mi cabeza en mi adolescencia, cuando no teníamos dónde buscar para saber, y menos preguntar a los adultos, ni mencionar el nombre o el apodo, ni decir: "sabemos que en Bolivia asesinaron a un argentino que dicen era guerrillero, uno de los que empezó una gran revolución en Cuba, y que quiso traerla acá".
Aquella sombra es el primer recuerdo que tengo del Che. Se veía tan hermoso... ese rostro era casi perfecto, daba la impresión de que su mirada te seguía según para donde te movieras, mientras no bajaras la vista. En realidad eso era lo que nos parecía a nosotros.
Durante varios años no volví a remover recuerdos del Che. Yo vivía en Córdoba, cerca de donde él se había criado, pasé tantas veces por la puerta del colegio secundario al que fue y siempre me decía a mí misma: algún día conoceré muy, pero muy bien a ese hombre que hablaba de un mundo mejor, de justicia, de sentimientos, de revolución.
¿Será posible que aún sabiendo que estaba muerto, sintiera en mi corazón que algún día lo podría ver?
¿Cómo explicar que la muerte no me podía separar de él?
Cierto día, leyendo un libro de amores juveniles, encontré una frase que me llenó de alegría y esperanza: "No te dejes abatir por las despedidas. Son indispensables como preparación para el reencuentro. Y es seguro que los amigos se reencontrarán, después de algunos momentos o de todo un ciclo vital".
¿Me explico?... todo un ciclo vital... mi vida... la de tantos... en tantos otros espacios del mundo... las vidas de muchos otros... y más, cada vez más.
Cierta vez oí decir a una de sus hijas, Aleida Guevara, que si ella hubiera estado junto al Che aquel fatídico día de su feroz asesinato, habría puesto su propio cuerpo delante de las  balas. El Che no era, es una bandera para la dignidad, para la fuerza del mundo, para la valentía. Murió joven, a los 39 años, y seguirá siendo joven eternamente.
Si realmente lo podemos conocer más y llevarlo un poco dentro, entonces ese joven que nos entregó un ejemplo tan completo del hombre del siglo XX, cumplió su objetivo fundamental en la vida. Porque seríamos capaces de ser mejores hombres y mujeres, los que él quería para el mañana, por tanto seríamos una mejor comunidad, sociedad y humanidad donde viviríamos mejor todos.
Al igual que esa hija, hoy ya convertida en una mujer doctorada en medicina como su padre, siempre lamenté no haber sido contemporánea del Che. Yo era una niña cuando lo asesinaron, igual que su hija. Lamenté siempre no haber conocido su pensamiento antes, no haber podido ayudar antes a difundir sus ideas de ese hombre nuevo, revolucionario, al que le latía y le dolía en su propia carne el dolor de cualquiera, en cualquier lugar del mundo, ése que buscaba al hombre libre y latinoamericano.
Porque él era ciudadano latinoamericano, así lo sentía, estuvo siempre dispuesto a dar la vida por ese pensamiento, y de hecho lo hizo. Nunca pidió nada, no exigió nada, no explotó a nadie, ni oprimió al débil.
Allá por 1964 dijo el Che ante la Asamblea general de las Naciones Unidas en Nueva York: "El revolucionario verdadero, está guiado por grandes sentimientos de amor, es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad". Allí mismo reafirmó que  "todos los días hay que luchar por una humanidad viviente, y que esa lucha se transforme en hechos concretos que sirvan de ejemplo de movilización".
Conocer, saber, entender... todo eso quería yo. Los libros de historia y las grandes e importantes enciclopedias de mi tiempo, solo decían cuando nació, cuando y cómo murió, y sus aventuras de joven cuando era médico. La bibliografía más importante que pude encontrar después de trajinar por varios años, fue la historia de su vida relatada con documentos y fotos por su propio padre, don Ernesto Guevara Lynch.
Mi hijo, el Che fue el libro que marcó y selló mi sentimiento visceral de respeto, junto al ahora verdadero conocimiento de los hechos reales. Ese libro relata la historia de un hombre de carne y hueso, al que yo buscaba conocer en su totalidad.
La historia de ese hijo, que sólo un padre puede saber contar, no sólo cómo era de niño, adolescente o joven, sino de aquella persona en la que se fue transformando, hasta llegar a ser el Che.
Todas las personas traemos una historia que, sin lugar a dudas, marca nuestras convicciones, nuestras acciones y el desarrollo de nuestras vidas. Pero en los años de vida que tenía cuando me impresioné por Ernesto Guevara, debo confesar que algo sentí que nunca más se fue, y que creció de tal modo, que me hizo persona, y revolucionaria.
Grandes historiadores lo han definido como un gran mito, no sólo en Argentina sino también el Latinoamérica; pero mi mejor homenaje al Che es recordarle a todas esas personas que saben, y las que no saben de él, que su idea nunca fue la de ser un mito, menos aún queda pegado en una remera o en un poster; su idea y sentimiento, fue llegar a todos con el espíritu del hombre nuevo.
El hombre nuevo, ese hombre que enfrentará la vida con la verdad, honestidad, sinceridad y orgullo de ser latinoamericano, sin venderse ni traicionar los pensamientos y menos aún las acciones, por las libertades y derechos de los oprimidos.
Ese hombre nuevo que en su lucha contra el imperialismo dejara como mayor mensaje que los pueblos tienen derecho a la autodeterminación de sus gobiernos, porque siempre que la moral esté a salvo, la revolución también lo estará.
Ese hombre nuevo que fuera sensible para con cualquier pueblo que sufriera persecución y opresión, que sintiera como propia la lucha de personas que ni siquiera eran compatriotas, eso pasaba porque en su ideal uno solo no vale nada. Hay que unirse.
Ese hombre nuevo que supiera que la humanidad solo seguirá adelante siempre y cuando se mantenga la dignidad de las personas. Esa misma dignidad rebelde que sale del corazón oprimido de las patrias.
Ernesto Che Guevara sigue siendo en el corazón de sus seguidores esa persona que nos enseñó, que nos dio las armas de la palabra, del pensamiento crítico —aunque muchos lo encasillen en el romanticismo— de las ideas, de las conclusiones.
“Muchos me considerarán un aventurero, y lo soy, sólo que de una clase diferente: de los que arriesgan su pellejo para demostrar sus verdades".
Esa persona que como médico trabajó en un leprosario de Brasil, y que como guerrillero ofrendó su vida por un pueblo que lo hizo su hijo por nacimiento, fue el Che. Cuba hoy y desde hace años tan sufrida, tan golpeada y vapuleada por el gran país del norte, tiene hoy en enorme orgullo de contar con sus restos mortales en un mausoleo.
Sus restos descansan allí, en Cuba y nosotros no supimos como pueblo honrar su hombre nuevo hasta que se lo llevaron con todo derecho, para sus hijos y hermanos cubanos.
A veces no sólo tenemos mala memoria; sino que estamos sumidos en unas tinieblas de oscuras figuras y personajes siniestros que jamás —jamás— serán modelo de nada, ni parámetro de ningún pueblo.
La búsqueda de imágenes que nos permitan encarrilar los deseos de tantas personas hacia un mundo mejor y un hombre  nuevo, deberían orientarse hacia ese rostro que tantas bocas vacías llena, hacia esa persona que para una gran parte de una generación de esta humanidad, fue ejemplo de orgullo, valor, coraje; pero por sobre todo eso, ejemplo de amor y entrega.
Desde que era niña, deseaba escribir mi pensamiento y sentimiento sobre el Che. Hoy, con los años, cuando lo creo más vivo que nunca, con sus ojos nunca cerrados,  tengo la gran alegría de hacer realidad la frase de mi libro de romance juvenil: "sin que todavía haya pasado todo un ciclo vital... "
Hoy puedo decir Hasta Siempre. Estoy segura del reencuentro con quien es para mí, hoy, la realidad misma.

Silvia Sassola, Mendoza, julio de 1997.

sábado, 5 de febrero de 2011

Las víboras



Culebra verde y negra (Liophis poecilogyrus), un habitante más de Alejandro Korn


D
ebió haber sido allá por el año 2008. Era verano, y hacía un calor de los mil demonios. Hacía mucho que no llovía; y Morán recordó, mirando las grietas de la calle de tierra, aquella descripción hecha por Miguel Cané en Juvenilia:

Eran las tres de la tarde, y el sol de febrero partía la tierra resquebrajada y ardiente.

Estaba desyuyando la huerta de su rancho, ahí al fondo del barrio Santa Ana de Alejandro Korn. Estaba allí desde la primavera de 2007, y se sentía solo. Sus códigos de urbanidad no hallaban respuesta en sus vecinos; nadie le contestaba el amable saludo que le dedicaba a cada persona con que se cruzaba. Y no entendía el por qué.
El —sociable por naturaleza— quería ser reconocido como uno más, a pesar de su piel blanca, su lenguaje cultivado y los lentes redondos modelo "John Lennon" que acentuaban su aire intelectual. Lo que se dice un sapo de otro pozo, en esa barriada de cumbia estallada hasta la distorsión, gorra rapera puesta al revés, pelo corto teñido de amarillo, zapatillas de bizarro diseño y pantalón skater holgado hasta la exasperación.
Se hallaba, pues, en esa tarea, cuando oyó desde la calle los nerviosos gritos de dos mujeres.
Al levantar la vista, vio a la señora de Pilín —ex chofer de Julio Mera Figueroa, y conspicua figura del justicialismo local— junto a otra matrona, a quienes acompañaban unos seis o siete pibes de distintas edades, algunos de ellos muy chiquitos.
— ¡Mátela, mátela! gritaban las mujeres. Morán, algo sorprendido, se dio cuenta de que le gritaban a él.
Exasperadas por su falta de reacción, las mujeres insistieron: — ¡La víbora, hay una víbora, mátela, mátela!
Morán recordó sus viejas lecturas de la selva, y que tenía guardado un palo en forma de horqueta que había encontrado una vez; armado con él, se acercó a las vecinas. La mujer de Pilín tenía una pala de punta en la mano. Mientras los pibes se ubicaban detrás de ellas, las mujeres le señalaron una línea verdenegra que se deslizaba por el pastizal.
Morán dudó. No tenía pruritos de matar a un animal, si éste resultaba peligroso; pero no sabía cuál era el tipo de bicho que tenía enfrente, y le repugnaba la idea de sacrificar una vida sin ninguna justificación.
Sabía, en teoría, que las serpientes venenosas se llaman "víboras", y que se diferencian de sus hermanas las culebras, por la forma triangular de la cabeza. Pero su falta de experiencia, sumada al apremio de la situación, le hacían imposible distinguir de qué ofidio se trataba.
Las mujeres le urgían: —Usted es un hombre, tiene que matarla. Nosotras no sabemos.
Morán vaciló. En su mente se iba abriendo la idea del agradecimiento a que se haría acreedor si mataba a la serpiente, de que esas dos señoras lo iban a saludar al pasar, y hasta —¡quién sabe!— tal vez le invitarían alguna tarde a tomar mate a sus casas. Y al fin y al cabo, tampoco podía dejar que el bicho siguiera vivo; ¿y si se trataba realmente de una víbora?
En tanto, la presión ejercida por las mujeres se intensificó; este tarado se la está tomando con demasiada calma, debían pensar. Morán se decidió: con un rápido movimiento, inmovilizó a la serpiente con su palo horqueta, mientras le decía a la señora de Pilín: —Decapítela.
— ¿Cómo?— dijo ella.
— Que la decapite, que le corte la cabeza con la pala.
La mujer alzó la pala y cortó a la serpiente en dos, la cual dejó de moverse para siempre.
Un simple "gracias", a desgano, fue toda la recompensa que recibió por su acción. Y en los días siguientes, al cruzarse con las vecinas en la calle, apenas si le contestaban el saludo con un gesto seco.
El tiempo pasó, y a Morán ya no le importaba recibir o no el saludo de sus vecinos. Se había reconstituido en lo emocional y se sentía seguro, de sí mismo y de su relación con el medio ambiente.
Casi había olvidado aquel episodio, cuando una calurosa mañana de enero de 2011, vio desde el jardín de su rancho que un muchacho estaba rompiendo el poste de álamo con que había señalizado la zanja de desagüe. Extrañado por el incoherente acto de vandalismo, lo encaró:
— ¡Eh! ¿por qué me rompés el poste?
El muchacho, exasperado, señaló el suelo:
— ¡Para matar a esta serpiente, infeliz! ¡Encima que te la voy a matar para que no se meta en tu casa, me venís a bardear por un palo de mierda!
Morán se quedó mirando a la serpiente, que era apenas una cría, sin decir palabra. El muchacho, continuó: — ¿o acaso querés que la deje viva, tarado?
Nuevo silencio pensativo. Muy enojado, el muchacho arrojó el palo al suelo, mientras se iba vociferando todo tipo de insultos.
Morán, provisto de su palo de horqueta, una pinza para asado y un tacho con tapa, salió a buscar la serpiente. La capturó sin ninguna dificultad, la metió en el tacho y cerró la tapa. De ahí la pasó a un frasco de vidrio, se cambió y salió para San Vicente, donde se encuentra la Dirección de Zoonosis.
Al llegar comprobó, con desazón, que la serpiente había muerto durante el viaje. Pero el empleado que lo atendió, un jovial hombre llamado Armando, le informó lo que deseaba saber.
En el territorio argentino habitan unas 130 especies de serpientes, trece de las cuales son peligrosas para el ser humano: las llamadas víboras. Estas se agrupan en tres géneros: Crotalus o serpiente de cascabel, cuya presencia se limita a una especie; Micrurus o víbora de coral (cinco especies) y Bothrops, más conocida como yarará, de la cual habitan siete especies.
Las restantes serpientes, calificadas como "culebras", no sólo son inofensivas, sino que prestan un útil servicio al equilibrio ecológico y al ser humano, dado que se alimentan de roedores y cucarachas, entre otras alimañas.
En el litoral del Río de la Plata y adyacencias sólo podría hallarse, y esto con bastante dificultad, una sola especie de víbora venenosa: la Bothrops Alternatus (yarará o víbora de la cruz), fácilmente reconocible por sus dibujos oscuros en forma de "C" y sus dos líneas cruzadas en la cabeza.

Bothrops Alternatus (Yarará o víbora de la cruz)

Las víctimas de Alejandro Korn eran, simplemente, ejemplares de culebra verde y negra (Liophis poecilogyrus), animal inofensivo, cuyo hábitat son los pastizales de gran parte de la provincia de Buenos Aires.
Reflexionando sobre el suceso, Morán pensó en la trágica perversidad de la condición humana. La reacción ante lo desconocido —se trate de animales o personas de otra raza o condición—, es la sospecha de su posible nocividad. Y la invariable respuesta a ello, es la marginación o el asesinato.
Sólo unos pocos individuos parecen aventurarse a percibir el sentido profundo de la naturaleza; de la armonía posible y necesaria que se puede establecer con los diversos seres que habitan el planeta.
El aprender más formas de conservación que de destrucción, implica la comprensión de que evitar es preferible a contener; contener es preferible a herir; herir, preferible a lisiar; y lisiar, preferible a matar; porque toda vida es preciosa, y ninguna puede ser substituida.
Y ante la fatalidad del sino de la raza, Morán se llenó de horror; por sí mismo, y por la humanidad, a la cual —por una mala jugada del destino— debía pertenecer.

Horacio Ricardo Silva, 5 de febrero de 2011.