sábado, 5 de febrero de 2011

Las víboras



Culebra verde y negra (Liophis poecilogyrus), un habitante más de Alejandro Korn


D
ebió haber sido allá por el año 2008. Era verano, y hacía un calor de los mil demonios. Hacía mucho que no llovía; y Morán recordó, mirando las grietas de la calle de tierra, aquella descripción hecha por Miguel Cané en Juvenilia:

Eran las tres de la tarde, y el sol de febrero partía la tierra resquebrajada y ardiente.

Estaba desyuyando la huerta de su rancho, ahí al fondo del barrio Santa Ana de Alejandro Korn. Estaba allí desde la primavera de 2007, y se sentía solo. Sus códigos de urbanidad no hallaban respuesta en sus vecinos; nadie le contestaba el amable saludo que le dedicaba a cada persona con que se cruzaba. Y no entendía el por qué.
El —sociable por naturaleza— quería ser reconocido como uno más, a pesar de su piel blanca, su lenguaje cultivado y los lentes redondos modelo "John Lennon" que acentuaban su aire intelectual. Lo que se dice un sapo de otro pozo, en esa barriada de cumbia estallada hasta la distorsión, gorra rapera puesta al revés, pelo corto teñido de amarillo, zapatillas de bizarro diseño y pantalón skater holgado hasta la exasperación.
Se hallaba, pues, en esa tarea, cuando oyó desde la calle los nerviosos gritos de dos mujeres.
Al levantar la vista, vio a la señora de Pilín —ex chofer de Julio Mera Figueroa, y conspicua figura del justicialismo local— junto a otra matrona, a quienes acompañaban unos seis o siete pibes de distintas edades, algunos de ellos muy chiquitos.
— ¡Mátela, mátela! gritaban las mujeres. Morán, algo sorprendido, se dio cuenta de que le gritaban a él.
Exasperadas por su falta de reacción, las mujeres insistieron: — ¡La víbora, hay una víbora, mátela, mátela!
Morán recordó sus viejas lecturas de la selva, y que tenía guardado un palo en forma de horqueta que había encontrado una vez; armado con él, se acercó a las vecinas. La mujer de Pilín tenía una pala de punta en la mano. Mientras los pibes se ubicaban detrás de ellas, las mujeres le señalaron una línea verdenegra que se deslizaba por el pastizal.
Morán dudó. No tenía pruritos de matar a un animal, si éste resultaba peligroso; pero no sabía cuál era el tipo de bicho que tenía enfrente, y le repugnaba la idea de sacrificar una vida sin ninguna justificación.
Sabía, en teoría, que las serpientes venenosas se llaman "víboras", y que se diferencian de sus hermanas las culebras, por la forma triangular de la cabeza. Pero su falta de experiencia, sumada al apremio de la situación, le hacían imposible distinguir de qué ofidio se trataba.
Las mujeres le urgían: —Usted es un hombre, tiene que matarla. Nosotras no sabemos.
Morán vaciló. En su mente se iba abriendo la idea del agradecimiento a que se haría acreedor si mataba a la serpiente, de que esas dos señoras lo iban a saludar al pasar, y hasta —¡quién sabe!— tal vez le invitarían alguna tarde a tomar mate a sus casas. Y al fin y al cabo, tampoco podía dejar que el bicho siguiera vivo; ¿y si se trataba realmente de una víbora?
En tanto, la presión ejercida por las mujeres se intensificó; este tarado se la está tomando con demasiada calma, debían pensar. Morán se decidió: con un rápido movimiento, inmovilizó a la serpiente con su palo horqueta, mientras le decía a la señora de Pilín: —Decapítela.
— ¿Cómo?— dijo ella.
— Que la decapite, que le corte la cabeza con la pala.
La mujer alzó la pala y cortó a la serpiente en dos, la cual dejó de moverse para siempre.
Un simple "gracias", a desgano, fue toda la recompensa que recibió por su acción. Y en los días siguientes, al cruzarse con las vecinas en la calle, apenas si le contestaban el saludo con un gesto seco.
El tiempo pasó, y a Morán ya no le importaba recibir o no el saludo de sus vecinos. Se había reconstituido en lo emocional y se sentía seguro, de sí mismo y de su relación con el medio ambiente.
Casi había olvidado aquel episodio, cuando una calurosa mañana de enero de 2011, vio desde el jardín de su rancho que un muchacho estaba rompiendo el poste de álamo con que había señalizado la zanja de desagüe. Extrañado por el incoherente acto de vandalismo, lo encaró:
— ¡Eh! ¿por qué me rompés el poste?
El muchacho, exasperado, señaló el suelo:
— ¡Para matar a esta serpiente, infeliz! ¡Encima que te la voy a matar para que no se meta en tu casa, me venís a bardear por un palo de mierda!
Morán se quedó mirando a la serpiente, que era apenas una cría, sin decir palabra. El muchacho, continuó: — ¿o acaso querés que la deje viva, tarado?
Nuevo silencio pensativo. Muy enojado, el muchacho arrojó el palo al suelo, mientras se iba vociferando todo tipo de insultos.
Morán, provisto de su palo de horqueta, una pinza para asado y un tacho con tapa, salió a buscar la serpiente. La capturó sin ninguna dificultad, la metió en el tacho y cerró la tapa. De ahí la pasó a un frasco de vidrio, se cambió y salió para San Vicente, donde se encuentra la Dirección de Zoonosis.
Al llegar comprobó, con desazón, que la serpiente había muerto durante el viaje. Pero el empleado que lo atendió, un jovial hombre llamado Armando, le informó lo que deseaba saber.
En el territorio argentino habitan unas 130 especies de serpientes, trece de las cuales son peligrosas para el ser humano: las llamadas víboras. Estas se agrupan en tres géneros: Crotalus o serpiente de cascabel, cuya presencia se limita a una especie; Micrurus o víbora de coral (cinco especies) y Bothrops, más conocida como yarará, de la cual habitan siete especies.
Las restantes serpientes, calificadas como "culebras", no sólo son inofensivas, sino que prestan un útil servicio al equilibrio ecológico y al ser humano, dado que se alimentan de roedores y cucarachas, entre otras alimañas.
En el litoral del Río de la Plata y adyacencias sólo podría hallarse, y esto con bastante dificultad, una sola especie de víbora venenosa: la Bothrops Alternatus (yarará o víbora de la cruz), fácilmente reconocible por sus dibujos oscuros en forma de "C" y sus dos líneas cruzadas en la cabeza.

Bothrops Alternatus (Yarará o víbora de la cruz)

Las víctimas de Alejandro Korn eran, simplemente, ejemplares de culebra verde y negra (Liophis poecilogyrus), animal inofensivo, cuyo hábitat son los pastizales de gran parte de la provincia de Buenos Aires.
Reflexionando sobre el suceso, Morán pensó en la trágica perversidad de la condición humana. La reacción ante lo desconocido —se trate de animales o personas de otra raza o condición—, es la sospecha de su posible nocividad. Y la invariable respuesta a ello, es la marginación o el asesinato.
Sólo unos pocos individuos parecen aventurarse a percibir el sentido profundo de la naturaleza; de la armonía posible y necesaria que se puede establecer con los diversos seres que habitan el planeta.
El aprender más formas de conservación que de destrucción, implica la comprensión de que evitar es preferible a contener; contener es preferible a herir; herir, preferible a lisiar; y lisiar, preferible a matar; porque toda vida es preciosa, y ninguna puede ser substituida.
Y ante la fatalidad del sino de la raza, Morán se llenó de horror; por sí mismo, y por la humanidad, a la cual —por una mala jugada del destino— debía pertenecer.

Horacio Ricardo Silva, 5 de febrero de 2011.



3 comentarios:

  1. Triste destino el de los animales inofensivos a manos de tanta ignorancia. Esperemos que Morán instruya a los habitantes de Alejandro Korn. Un abrazo, Amparo

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  2. HORACIO nos acerco un paisaje conocido y otro no tanto, el de las víboras y culebras nos ilustra y nos pone alertas para defenderlo. En cuanto al humano... cuánto por transformar.
    Gracias Moran por Tus Lentes Redondos que saben mirar con cuidado y todo merece detención.
    Original relato, su lectura me detuvo, quedo con su sabor.
    Claro prefiero encontrarme con un colibrí.
    Nora Bruccoleri de Mendoza

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  3. Felix Moral. Malagamarzo 03, 2011

    Ójala que a las malas personas se les pudíese identificar con la "c" de las víboras yayarás, nos evitaríamos mordeduras en el alma.
    Mis felicitaciones y animarte con tus relatos
    Un abrazo, Félix Moral. Málaga

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