jueves, 13 de diciembre de 2012

Su sonrisa.

María Jesús Rivero / María de los Ángeles (Marita) Verón

   Azota el alma la sonrisa de María Jesús Rivero. Se la ve feliz en aquella fotografía, capturada durante un paseo; parecida a la fotografía de cualquier otra mujer, tomada para eternizar un momento de felicidad; acaso, si se quiere, a la de una de sus víctimas, María de los Ángeles, nuestra Marita Verón.
   Ni un asomo de remordimiento, ni un rictus de piedad desfiguran la belleza de esa sonrisa. Ella, empresaria exitosa, ex dueña de una remisería, extitular de una asociación patronal de remiseros, exvicepresidenta del aguerrido club de fútbol San Martín de Tucumán, no repara en conceptos morales tales como “cuestión de género”, “esclavitud”, o “prostitución forzada”.
   Los negocios bien entendidos, los verdaderos negocios, los que realmente dan amplia rentabilidad y generan poder (y con éste, el miedo de los débiles y el respeto de los fuertes), no se pueden separar de la delincuencia. Ya el inmortal Honoré de Balzac lo había escrito: “Detrás de cada gran fortuna hay un crimen”; y a esta afirmación, la certifican en Argentina varios hechos de público conocimiento.
   Por ejemplo, que cada 2 de septiembre se celebre el Día de la Industria, en homenaje a un contrabando a gran escala de plata del Potosí, oculta entre tejidos y sacos de harina, perpetrado en 1587 por el obispo de Tucumán, Fray Francisco de Vitoria.
   O acaso, más aquí en el tiempo, durante los feroces días de plomo de la última dictadura militar, la existencia de un centro clandestino de detención dentro de la propia planta de la empresa Ford en la localidad de Pacheco, provincia de Buenos Aires; o la probada colaboración entre la oficina de personal de la multinacional Mercedes Benz, en el secuestro y desaparición de los delegados obreros de esa firma.
   “Detrás de cada gran fortuna hay un crimen”. Y los criminales sonríen, porque nada hay más alegre y feliz para un empresario que los negocios prosperen, y con ellos, el disfrute del poder y sus beneficios materiales.
   Que el goce de esa fortuna proviniera del sometimiento y la esclavitud de otras mujeres como ella, nada significa. Que el negocio sea a todas luces ilegal, ninguna importancia tiene. La sonrisa de María Jesús Rivero echa por tierra la idea generalizada de que el maltrato hacia la mujer proviene exclusivamente del hombre, en tanto género, exclusivamente.
   Porque de los trece imputados por la causa de Marita Verón, siete fueron hombres, y seis fueron mujeres. Que todos hayan sido liberados por un tribunal compuesto de tres hombres, que honran al infame Poder Judicial deshonrando a la Justicia, es mera casualidad. El afán de lucro a través de la violencia no es patrimonio exclusivo de los varones. Allá, en las tierras de Albión, lo certifica una dama británica de amargo recuerdo para los mineros ingleses y para el pueblo argentino: Margaret Thatcher, la dama de hierro, la mujer “con manos de pistola y sexo de gillette”.
   Las imágenes de Marita Verón, sonriente, bella, feliz, conmueven el alma. No se sabe dónde está, y ni siquiera si aún continúa con vida. Y sus secuestradores y secuestradoras, a pesar de los abrumadores testimonios en su contra, fueron liberados ayer por un fallo judicial, que llena de oprobio y vergüenza a todo ser humano que conserve un mínimo de sensibilidad.
   María Jesús Rivero, mujer joven y atractiva, empresaria exitosa, se ha liberado de culpa y cargo merced al respeto de los poderosos. Un respeto ganado con la fuerza del dinero. Dinero obtenido en lóbregos burdeles de campaña, amasado en las sudorosas sábanas de las obligadas pupilas, jóvenes arrancadas de sus familias, forzadas a entregarse a la repugnante lascivia de todos aquellos infelices que, en su desesperación por cumplir con un detestable mandato cultural, las alquilan por hora a miserables traficantes de carne humana.
   Azota el alma la sonrisa de María Jesús Rivero. Ella podrá hacer nuevos paseos, y tomar nuevas fotografías. Pero la sonrisa de Marita Verón —y con ella, la de tantas otras mujeres— habrá sido borrada para siempre de sus rostros, en holocausto de un negocio que dibuja sonrisas, en el rostro de hombres y mujeres sin alma.


Horacio Ricardo Silva, XII-XII-012.

2 comentarios:

  1. Emotivo, como siempre! Es un placer leerte, Horacio!

    ResponderEliminar
  2. Gracias Chiquita! en la semana te mensajeo, a ver cuándo nos encontramos y llevarte los libros. Besos!

    ResponderEliminar