lunes, 24 de enero de 2011

Carmen

     La protagonista real de esta historia se llama Claudia Columba; originalmente se modificó su nombre, con el objeto de preservar su derecho a la privacidad. No obstante, a raíz de que a la propia interesada le resulta indiferente figurar con su nombre real, y al bello corolario que tuvo esta historia en mayo de 2011,  el autor decidió hacer mención de su identidad, manteniendo el nombre ficticio de "Carmen" como título y personaje del presente relato, por haber circulado así desde un principio.
     Valga este sencillo trabajo como un homenaje a aquellas mujeres que, para abrirse camino en una sociedad decididamente hostil, debieron "endurecerse sin perder jamás la ternura", como reza la frase atribuida a Ernesto "Che" Guevara. Valga, pues, como homenaje a Claudia, en representación de todas aquellas mujeres.
Horacio Ricardo Silva, 22 de junio de 2011.


O
currió en la calurosa tarde del 23 de enero de 2011 en la línea del ferrocarril Roca, ramal Alejandro Korn, un lugar en el mundo donde, como decía el parmesano Giovanni Guareschi respecto de su tierra natal, pueden suceder cosas que no ocurren en otra parte.

Carmen —llamémosla así— vive en Korn desde hace seis años. Fue una vida difícil la suya: entre un padre que la abandonó siendo muy niña, una madre egoísta y cruel y un marido que ejercitaba puching-ball en su vientre fecundado, la llevaron a una crisis de salud mental que la arrojó dentro del hospital Estévez. Pero Carmen no se entregó. Simulaba tragar las pastillas de Risperidona, y las escupía cuando nadie la veía. Quería salir entera para ocuparse de su hijo. Y lo logró; aunque su hijo... bueno, la historia de su hijo, es ya otra historia.
Aquella calurosa tarde Carmen tomó el tren, como siempre, en Constitución. Pero, como casi siempre, la formación se detuvo en Témperley, vaya a saberse por qué cruel ensañamiento del destino.
Ese día calzaba unas sandalias cuyas tiras le lastimaban el pie. Se sentó en un banco de la estación para esperar el primer tren que saliera, acariciándose la piel lastimada por la fricción y el sudor.
Y en ese momento, llegó a sus oídos una voz angelical. Una joven mujer con un avanzado estado de embarazo, sentada a su lado, le estaba ofreciendo una Curita. Así como así, de onda, nomás.
Ambas se pusieron a charlar. La joven expresó su desaliento por tener la certeza de que el tren iba a venir repleto, y de que nadie le iba a ceder el asiento.
—Pero si el asiento te lo tienen que dar; en cada vagón vienen uno o dos reservados para gente con "movilidad reducida" y embarazadas... —le dijo Carmen.
—No, no... yo no me animo a pedirlo... me da vergüenza... —contestó ella.
Siguieron charlando de otros temas, mientras Carmen pensaba: como que no se lo quieran ceder... van a ver la que se arma.
Porque así es Carmen. Vaya usted a prepotearla, y verá cómo vuelan sus amígdalas por el aire. Pero si la trata con respeto y humildad, le cederá hasta el último bocado que guardaba celosamente, y que iba a constituir su única y frugal cena.
Y el tren llegó, nomás, lleno hasta decir basta. Las dos mujeres subieron. Carmen se dirigió como pudo hasta el asiento reservado.
Éste se hallaba ocupado por una mujer gorda, con cara de pocos amigos. Y frente a ella, estaba sentado un hombre que la acompañaba, con el mismo gesto de acritud y menosprecio por sus semejantes.
Carmen le pidió cortésmente al mencionado caballero el asiento para la joven, quien no podía con su alma en el vagón repleto a 34º grados de temperatura, sosteniendo una panza que prometía —al menos— dar a luz a un futuro luchador de sumo.
El individuo en cuestión, con ese concepto de la solidaridad que suele caracterizar a los argentinos bien nacidos, le espetó:

—Mirá, le voy a ceder el asiento, pero solamente para que no me rompas más las pelotas...

Carmen, que tiene mucha calle —por la desventurada situación que la obligó a ganarse la vida, allí donde nadie debería verse obligado a ganársela— le contestó sonriendo:

—Ahh... ¿pero vos tenés pelotas...?

El Argentino Bien Nacido, con un rictus de ironía salvaje y varonil, seguro de su triunfo sobre esa hembra débil y estúpida, le desafió:

—Claro que tengo... ¿te las muestro...?

Touché. La partida estaba a favor del Bien Nacido. Ya el gallardo Argentino se llevaba la mano hacia el cierre del pantalón, amenazando con bajárselo.
El tiempo parecía haberse detenido en el interior de aquel tren. Los pasajeros, que siguieron toda la secuencia, estaban expectantes. Nadie, desde luego, osó intervenir: éste era un duelo entre dos, el conflicto les era completamente ajeno.
Y fue entonces cuando un soplo de inspiración divina atravesó el alma de Carmen. Como un monstruo surgido de las entrañas de la tierra, el odio de toda una vida de maltratos y humillaciones afloró a su rostro en una sonrisa cruel, que sus labios paladearon mientras pronunciaban la feroz sentencia, la condena atroz al impenitente y desaprensivo pecador:

—No... no lo hagas... mirá; pasa que no traigo conmigo el microscopio...

La carcajada general de los pasajeros atronó el vagón, como la descarga de un pelotón de fusilamiento. Y era que, efectivamente, el Argentino Bien Nacido había sido mortalmente herido, literalmente fusilado. Rodaban ya por el suelo, desangrándose en estertores de agonía, los restos patéticos de aquel atributo que alguna vez creyó poseer: su condición de macho, la reputación de su hombría.
La Mujer Gorda que le acompañaba, espantada por la mutilación del ex hombre —y temiendo le tocara el turno a ella en la próxima ejecución—, se apresuró a levantarse de su asiento, el cual fue alegremente ocupado por la joven embarazada.
Y así fue. Hechos como éste, de rigurosa verdad histórica, acontecen en las cercanías de Alejandro Korn; un lugar en el mundo, donde pueden suceder cosas que no ocurren en otra parte.

Horacio Ricardo Silva, 25 de enero de 2011.

(Post scriptum, 22/06/2011): El 20 de mayo de 2011 la protagonista de este relato, Claudia Columba, celebraba su cumpleaños en compañía de familiares y amigos, entre los cuales se cuenta el autor de estas líneas. Al derivar la conversación hacia la historia relatada más arriba y su publicación en este blog, Claudia contó algo que conmovió a los presentes: "Ah, no les conté: hace poco me volví a encontrar en Temperley con esa chica, la embarazada, que ya tenía al bebé, ¡una nena enorme...! ¿Y saben qué me dijo? Que le puso "Claudia" como segundo nombre... ¡por mí...! ja, já, ¡qué tontería...!"

Porque así es Claudia. Y así es Alejandro Korn; un lugar en el mundo, donde suceden cosas que no ocurren en ninguna otra parte.


7 comentarios:

  1. ¡Buenísimo lo de la Carmen! Buenísimo el texto: atrapante, excelente: le doy 10 gerardos.

    ResponderEliminar
  2. Crédito parcial para Carmen. Qué buena onda estar ahí y escuchar las carcajadas de los tipos. Mirá que encima bardear así loco ¿eh? Cuando yo me hago el sota y me piden el asiento por lo menos lo cedo sin chistar...

    ResponderEliminar
  3. Muy bueno el texto. Te invita a seguir leyendo para ver como termina...Muy bueno Liv

    ResponderEliminar
  4. ¡¡¡Grande Carmen!!! muy noble la actitud del escritor que de manera tan bella nos contó la historia. Abrazo para ambxs desde la patagonia wall mapu.
    lak.

    ResponderEliminar
  5. Gracias, compañera de aquelarre, por tus palabras, que transmitiré a la protagonista de esta historia; y abrazos para todas las brujas patagónicas!!!

    ResponderEliminar
  6. Me conmovió la historia de "Carmen"...significativo apodo para esta heroína del connurbano bonaerense...Gracias Claudia por tomar las riendas de una situación que baja la categoría de ser humano.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ahora que lo dices... "Carmen" es el nombre ficticio de la heroína de Mérimée, llevada a la ópera por Bizet... no había reparado en ello. Gracias...

      Eliminar