miércoles, 22 de febrero de 2012

Bonafide



Era de esperarse. Tarde o temprano, tenía que ocurrir. A veces, el precio de la libertad se paga con la vida.
Bonafide era un perro curtido en la calle, de complexión algo superior a mediana, y poderosa músculatura. Era un perro bravo; pero sólo para con sus congéneres. Si bien le gustaba perseguir autos, motos y bicicletas, nunca atacó a un ser humano.
Llegó a fines de enero, hace nueve meses. Se adaptó a su nuevo hogar con extraoridaria rapidez; pronto encontró todos los recovecos del alambrado que habilitaban la libre fuga, y el tranquilo reingreso a la finca.
Se hizo querer. Era cariñoso, y estaba en permamente búsqueda de mimos. Solía plantarse al lado mío, mientras trabajaba en la computadora; y si no le acariciaba, me daba unos buenos empujones en el brazo con la trompa, para reclamar lo que le correspondía por derecho. Uno de esos empujones hizo, una vez, volar el contenido de mi vaso de vino rosado, cuando lo dirigía a mis labios.





Pero así como era conmigo y con las personas, no lo era con otros perros; y menos si se trataba de la conquista de una dama en celo. Lo he visto batirse con seis congéneres al mismo tiempo; giraba a una velocidad espasmódica mientras amenazaba con toda su potencia, para no dar la espalda a los enemigos que buscaban el punto débil. Una sola vez volvió lastimado de una pelea, y otra vez con un prolijo tajo en la pierna, que dejaba la carne al aire, producto del corte con alguna chapa; en ambas ocasiones intervino la cirugía.
Cada vez que iba a la estación a tomar el tren, Bonafide me seguía moviendo la cola a toda potencia. Costaba bastante engañarlo para que no se subiera a la formación, pero con diversas artimañas podía desorientarlo. Cuando el tren partía, él regresaba solo a casa.
Desde su llegada, había vuelto a plantearse el agudo problema filosófico, respecto de qué debía priorizar: su libertad, o su seguridad. La decisión era mía, y mía la responsabilidad por sus consecuencias.
Al no estar dentro de mis posibilidades asegurar los cien metros perimetrales de alambrado para evitar que salga del terreno, la alternativa era mantenerlo encadenado a un árbol. Después de las dos cirugías, tomé esta última decisión; pero me sentí muy desgraciado en esos días. Ambos nos sentimos muy desgraciados; al fracasar sus primeros intentos de liberarse de la cadena, quedó en un estado abúlico, indiferente a todo. Partía el alma ver a un animal tan joven y tan lleno de vitalidad en ese estado. Y peor aún cuando pasaba una damisela en celo; lloraba, gemía, pugnaba por liberarse, en un vano intento por dar satisfacción al instinto natural de preservación de la raza.
A los pocos días comencé a soltarlo de noche, con el prudente cálculo de la menor circulación callejera de vehículos, bichos y personas. Era impresionante la velocidad con que salía corriendo sin parar, atravesando limpiamente el agujero del alambrado, para ganar la calle y perderse en la lejanía.
Al día siguiente volvía, y cada vez costaba más engatusarlo para echarle nuevamente la cadena al cuello; ni comidas, ni mimos, ni amenazas, podían desafiar la astucia adquirida con la experiencia. Y un buen día, ya no lo encadené más. Lo dejé ir y venir a sus anchas. Pensaba en qué preferiría que me hicieran a mí, si me dieran a elegir: la jaula dorada y segura o el libre vagabundeo, y ganó esta última opción.
Pero yo sabía que un día, lejano quizá, cuando sus reflejos ya no fueran los de antes, o su cuerpo no se moviera con la vitalidad de la juventud, pasaría una desgracia. Sabía que una noche como la de anoche, alguien iba a llamar a mi puerta, para decirme que mi perro yacía tirado en la zanja, al borde del camino. Que parecía que lo había atropellado una camioneta.
Anoche, aún convaleciente de una gripe, me abrigué y salí a ver en el lugar que me indicaron, a doscientos metros de mi casa, en la diagonal Rosas y Ascasubi, frente a un almacén. Necesitaba comprobarlo; pero realmente no quería ver su cuerpo destrozado. Y, al amparo de la oscuridad, me las arreglé para no encontrarlo.
Pero esta mañana a las siete, hace una hora, mi necesidad renació con más fuerza, y volví. Allí estaba. Panza arriba, los ojos cerrados, sin señal alguna visible del accidente. Me despedí de él como pude, encendí un cigarrillo, y regresé caminando a paso lento, por la calle que tantas veces recorriéramos juntos en mis idas a la estación del tren.
Yo no sé si él me reprocharía por no haberlo cuidado mejor. Tampoco sé si, por el contrario, me hubiera agradecido por hacerle disfrutar en plena libertad cada momento de su vida.





Siento profundamente su muerte, pero no puedo llorarla. La vida en un mayor contacto con la naturaleza me ha enseñado que “todo corre hacia ahora”; lo único que importan es el tiempo presente, el instante actual. Todo es pasajero. Las personas, los afectos, los trabajos, van y vienen constantemente, se reciclan los unos a los otros; y no es menos cierto, que uno mismo también va y viene de la vida de los otros. La muerte es parte de la vida, en el reciclar cotidiano de la naturaleza, y llega indefectiblemente.
Adiós, viejo amigo. Extrañaré tus trompazos cuando me sirva un vaso de vino rosado, sentado frente a esta herramienta de trabajo, con la cual expreso mi dolor por tu ausencia. Sé que, en algún momento, nos encontraremos en alguna parte.

Horacio Ricardo Silva.

 A. Korn, 2 de octubre de 2011.

2 comentarios:

  1. Ese es mi Bonafide, esa mirada tan tierna y tan tierno con esos pollitos. Viste, vive.

    ResponderEliminar