miércoles, 22 de febrero de 2012

Un cirio y una cerveza por Horacio Quiroga

El escritor junto a sus hijos Eglé y Darío.

Ocurrió en un carnaval, en Buenos Aires. Un carnaval como éste, pero 75 años atrás. Quiroga había aguantado a pie firme, frente a un docto tribunal, la sentencia inapelable: agonía hasta morir por cáncer de próstata.
 Nadie le dio a elegir; pero él, que había fijado el norte de su brújula en la libertad, desoyó la condena y se aplicó a sí mismo la eutanasia reparadora, en el Hospital de Clínicas, en la madrugada del 19 de febrero de 1937.
 La vida de Quiroga había sido, desde su infancia y juventud, una constante exploración en busca del más allá de los límites establecidos. Su personalidad maduró en la ruptura de lo convencional. Le pareció pequeño y mezquino el mundillo de las letras rioplatenses. En él, como en pocos artistas, se conjugó la necesidad de vivir el arte, pero en carne propia.
 Esa necesidad vital lo llevó a instalarse en la selva misionera, en San Ignacio, a 1.100 kilómetros de la gran urbe. Solos, él, su joven esposa, su ingenio, y la asombrosa capacidad creativa de sus manos, que se manifestó en la agricultura, la jardinería, el paisajismo, la mecánica, la carpintería, la taxidermia y cuanto oficio podía surgir de su taller de herramientas misionero.

Quiroga en su taller.

Este hábitat natural, que aún hoy conserva la magia de lo primitivo, se convirtió en su paisito. En él, Quiroga se encontró consigo mismo, y produjo lo mejor de su obra literaria, al tiempo que levantaba con sus propias manos el bungalow de madera, y convertía un pedregal en un bello y exquisito jardín con vista al Paraná; pero tuvo que pagar un precio muy elevado por ello.
 Horacio Quiroga voló demasiado alto, como para que lo comprendieran sus contemporáneos. Fue objeto de burlas de todo tipo, entre ellas las que le dedicara Jorge Luis Borges, diciendo que era apenas “una leyenda uruguaya”... en otras palabras, que no existía. Una cruel e injusta lapidación literaria, que el paso del tiempo desmintió rotundamente.
 De esa manera, él construyó un personaje huraño, primitivo y salvaje para los carroñeros intelectuales, guardando para sus íntimos al ser vital, generoso y creativo que aparece en sus cartas. Pero lo que sobrevivió en el imaginario popular fue el personaje, y no la persona. Ya es tiempo de descorrer el velo que obscurece la enorme figura de ese ser luminoso, de ese pioneer de la literatura americana, y de lo que Rodolfo J. Walsh llamó, con poesía, “los oficios terrestres”.
 No obstante Quiroga, en virtud de sus méritos, es hoy un referente insoslayable de la literatura americana. Quedan, al alcance de cualquier lector curioso, las inagotables reediciones de sus libros, con narraciones memorables como Un peónUna bofetadaEl paso del YabebiríEl hijo o el increíble volumen titulado Los desterrados, por citar sólo algunos. También queda un film, Prisioneros de la tierra, basado en tres de sus cuentos, dirigido por el inolvidable Mario Soffici, considerado como una de las mejores películas en la historia del cine argentino.


El bungalow de madera, que construyó con sus propias manos.

Al llegar a este punto del texto, el autor de estas líneas repara en que el reloj marca la una y cuarto de la madrugada, del domingo 19 de febrero de 2012. El mismo día y, aproximadamente, la misma hora en que Horacio Quiroga partió en su último viaje hacia la eternidad.
 Desde la calle, se escucha el alegre bullicio del corso de Mataderos. Alegrías y tristezas se mezclan en las festividades consagradas al rey Momo.
 Pero este febrero de carnaval de 2012, lleva más tristezas que los anteriores. Hace apenas pocos días, partía también un luminoso exponente de la música y la poesía rioplatense: el inolvidable Luis Alberto Spinetta, aquel que dijo a un periodista de La Nación (22-11-2008): “a veces encuentro poesía en los cuentos de Horacio Quiroga”.
 Triste febrero el de este Carnaval. En recuerdo de Horacio Silvestre Quiroga, y de Luis Alberto Spinetta, merece ser encendido un cirio y ser bebida una cerveza. Por los que se fueron, pero también por los que vendrán, iluminados por el fuego sagrado de dos almas creadoras.

Horacio Ricardo Silva
Mataderos, Bs. As., madrugada del 19 de febrero de 2012.

6 comentarios:

  1. Maganífico, como todo lo que escribes, lo tomo para mi blog. Un abrazo, Amparo

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  2. Gracias mi querida Amparo, un abrazo.

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  3. Obrigado por relembrar e compartilhar essa linda história tão bem contata nessas emocionantes linhas. Axé aos Horácios!

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  4. Hermoso...me sustrajo de esta realidad ingrata y me llevó un ratito a su bungalow y, también, al tuyo, querido amigo.

    Geri.

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    1. Hermanito, qué dejo de tristeza en tus palabras... te abrazo!

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  5. Sim, é uma bela história; muito obrigado,Rúbia!

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