miércoles, 22 de febrero de 2012

Una lágrima de mil años por Luis Alberto Spinetta



Fue ayer, miércoles 8 de febrero de 2012, a las 19:42 hs, mientras viajaba en el colectivo hacia Constitución, cuando recibió la llamada en su celular. “Murió Spinetta”, dijo tristemente la voz amiga de Graciela.
Al colgar el teléfono, sintió que su lejana adolescencia volvía repentinamente hacia él, aleteando por un instante en derredor suyo, para luego partir, volando, alejándose para siempre.
Recordó entonces los tiempos del secundario, allá por los los primeros años 70, época caótica en la cual podía ingresar con su guitarra y el pelo largo hasta la cintura, sin que las autoridades pudieran sancionarlo.
Eran los días, los días de oro”, canturreaba por entonces, imitando el tono de Moris: “nunca el colegio / siempre la vida / y las mañanas del sol aquel”.
Quiso recordar, y no pudo, la primera vez que había oído a Spinetta. Estaba seguro que era “Muchacha ojos de papel”; quizá por la radio, o acaso en los sorprendentes discos que traía a casa su hermana Nora.
Él había amado profundamente la música y la poesía del Flaco. Se sabía toda su vida: que había nacido el 23 de enero de 1950, que vivía en la calle Arribeños (muy cerca de su casa, aunque no sabía la ubicación exacta”; que Almendra había ensayado en un sótano de Arcos y Monroe; que Ramsés VII se había comido un día una prepizza cruda en su casa; que “Muchacha” estaba inspirada en Cristina Bustamante, y que el “Blues de Cris” había sido producto de la violenta amargura causada por el fin de esa relación. Que la Ana que no dormía y contaba las luces mirando a la gran ciudad, era su hermana Ana María Spinetta. Que un día Pappo le había llenado de svásticas las paredes de su cuarto. Que para alejarse de las drogas había viajado a Francia, y que le voló la cabeza a quince mil personas durante la presentación en el Luna Park de “El Jardín de los Presentes”, el 6 de agosto de 1976.
También recordó la profunda impresión que le dio el conocer a Artaud a través de su disco, y cómo descifraba que en “La sed verdadera”, el Flaco le estaba hablando directamente a él mismo, mientras escuchaba el disco de 33 rpm en el living de su casa:

Sé muy bien que has oído hablar de mi
y hoy nos vemos aquí.
Pero la paz
en mí nunca la encontrarás.
Si no es en vos...
en mí nunca la encontrarás.
Por tu living o afuera de allí no estás;
pero hay otro que está.
Y yo no soy,
yo sólo te hablo desde aquí
él debe ser
la música que nunca hiciste

Qué duda cabía: le estaba hablando a él, y le estaba diciendo que debía encontrar su propia luz interior, y no hacer lo que él estaba haciendo: tomar la poesía del Flaco como la palabra de un Mesías.
Recordó también que cuando fue de vacaciones a Monte Hermoso en 1974, se le mezclaron el Flaco y Vinicius de Moraes; un amanecer en el que, con la mirada perdida en el encuentro del cielo y el mar, surgió en su mente el poderoso órgano de Cutaia, abriéndose paso como ese sol que estaba naciendo, y con esa inolvidable voz:

El alba me sorprenderá
con la vista sumergida en el mar
donde van los colores
a la cerrazón (...)
Hoy, te quiero proponer
que mires en tu mar
mar cerebral
porque yo sé
¡Mar, masa de mar!
Lo que yo sé

Y volvió a su mente el comentario que pocos días atrás había efectuado en su cuenta de Facebook, relativo a un manuscrito original de Spinetta, con la letra de “Barro tal vez”:

Tenía 17 años, la sensibilidad e ingenuidad que sólo se pueden tener al despertar de la adolescencia, y estaba sentado en el césped de un campo de polo en Palermo, bajo la llovizna de un anochecer de junio de 1977. En el escenario, después de tocar Litto Nebbia y el conjunto de arcos de Antonio Agri -a quien unos despreciables sujetos, imitando al gobierno militar de entonces, lapidaron a monedazos- subió Luis Alberto Spinetta, él solo con su guitarra acústica; y entre otras delicias, cantó dos canciones que me conmovieron profundamente, de las cuales no dijo el nombre. Una de ellas fue la que después conocí como "La aventura de la abeja reina"; y la otra, esta hermosa "Zamba" o "Barro tal vez". Como solía hacer en aquella época analógica, cuando el Wi-Fi y el mp3 eran poco menos que visiones futuristas de ciencia ficción, grabé el recital en el grabadorcito Sony a cassette que le tomé "prestado" a mi padre. Conservé esa cinta mágica durante años, hasta que el paso del tiempo la desgastó, como también desgastó mi ingenuidad adolescente; aunque no pudo con mi sensibilidad, que -parafraseando a Artaud- aún goza de una "insurrección de buena salud".

Todos estos recuerdos revolotearon alrededor suyo, por un instante nomás, al guardar el celular, mientras zumbaban en su caverna gris las tristes palabras de Graciela: Murió Spinetta”.
Ya en su casa, las lágrimas pudieron brotar; tímidas al principio, libremente después. Spinetta no estaba, había partido. Y recordó también las palabras de Antonio Machado:

Y cuando llegue el día
del último viaje
y esté al partir la nave
que nunca ha de tornar
me encontraréis a bordo,
ligero de equipaje
Casi desnudo
como los hijos de la mar

Y pensó que quizá el Flaco tuvo suerte. Que partió rodeado de sus hijos, en la intimidad de su casa, sin conocer el deterioro de la decrepitud ni extraviarse en los abismos de un Alzheimer, tras una vida plena de creatividad; habiendo dejado cientos de composiciones inolvidables, que seguirán abriendo caminos de luz en el alma humana, por los tiempos de los tiempos.
¿Qué mejor destino podía desear alguien, para sí mismo?
Más aliviado, enjugó sus lágrimas y encendió otro cigarrillo. Y decidió que, lejos de abismarse en un pozo de tristeza por la muerte del poeta, era preferible hacerle caso a sus letras de una buena vez. Dedicarse a crear cosas, escribir, pintar, cocinar, sembrar la tierra, cultivar sanos afectos, lo que fuere; si es que era cierto aquello de

aunque me fuercen yo nunca voy a decir
que todo tiempo por pasado fue mejor:
¡Mañana es mejor!

Y sí, —pensó— el mañana es mejor, aún sin la luminosa presencia de Spinetta, aunque duela tanto.
Entonces sintió un revoloteo en derredor suyo, un rápido ¡flap!, y algo que entraba en él. Encendió el viejo tocadiscos, que aún funcionaba; sacó de su polvorienta funda el antiguo long play “Durazno sangrando”, y lo puso en el plato giradiscos.
Luego llevó a pulso la púa hasta el surco 3 del lado 2; y se dispuso a escuchar, después de tantos años, a su Dios de Adolescencia, que había vuelto por sus fueros; asustado, acaso, de su propia y repentina cobardía.

Horacio Ricardo Silva
A. Korn, 9 de febrero de 2012

3 comentarios:

  1. Hermoso, bello..tal vez lo que muchos de esa época querríamos expresar, los mismos sentimientos y los mismos recuerdos...donde la adolescencia valiente, rebelde nos salía por los poros y la poesía del Flaco nos llenaba el alma...

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  2. Gracias por este hermoso texto, que hizo que mi adolescencia volviera por sus fueros, con toda la energia necesaria para VOLAR...

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    1. Todo esto es tan tuyo como mío, mariposa de alas blancas. Sueña un vuelo nocturno, una brisa en la mejilla, bajo un cielo de Luna-Amor.

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